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martes, 20 de noviembre de 2012

Mal ergo Dios

No sé si es o no un buen argumento, pero ha funcionado. Existe el mal, ergo Dios no existe. En realidad no creo que ningún creyente haya perdido la fe de un día para otro al sentarse una tarde a razonar de la siguiente manera: “Dios es la causa de todo, en el mundo existen cosas malas y personas que sufren, luego no tiene sentido que exista un Dios bueno y todopoderoso que cause esos males”. Más bien la pérdida de la fe sucedería al vivir en las propias carnes el mal y el sufrimiento; la fe es vivencial y no algo puramente intelectual, por lo que son extraños los casos en los que se recibe o se pierde la fe mediante algún tipo de argumento lógico. Sin embargo muchas personas se tranquilizan la conciencia, aunque no sea de mucha tranquilidad, diciéndose a sí mismos que Dios no puede existir porque existe el mal.

Después de cuatro años estudiando filosofía, y alguno más de adolescentes discusiones sobre Dios, me he topado con un argumento de por lo menos ocho siglos de antigüedad y realmente chocante. Es este: “Existe el mal en el mundo ergo existe Dios” ¿A que nunca lo habíais oído? Bueno, no voy a ir de sensacionalista, es posible que sí; lo que me extraña es que en las calles e institutos sea tan popular el argumento del mal como demostración de que Dios no existe y no lo sea para nada ese mismo argumento como demostración de que sí existe.

Muchos han defendido que el Mal es ausencia de Bien, es decir, que el mal se presenta cuando los bienes desaparecen, del mismo modo que la enfermedad aparece cuando la salud se esfuma. La enfermedad existe porque existe la salud. Si no existiera la salud, es decir, un funcionamiento adecuado del cuerpo, tampoco existiría un funcionamiento inadecuado, es decir, la enfermedad; habría funcionamientos múltiples y distintos, pero no valoraríamos unos como buenos y otros como malos, no hablaríamos de un mal funcionamiento del cuerpo. Sin embargo, es evidente que un pulmón que no asimila el oxígeno tiene un mal funcionamiento y si la persona que lo tiene se ahoga y se muere no es porque su pulmón simplemente tenga un modo de funcionar alternativo, sino que es porque no le funciona bien, le funciona mal. De hecho, el mero hecho de hablar de “cuerpo” ya supone una unidad y un cierto orden de sus partes, y por tanto un cierto funcionamiento o Naturaleza.

Y todo esto para mostrar que el Mal se define como carencia o ausencia de Bien, y no habría ausencia de Bien si no existiera el Bien, del mismo modo que no decimos que alguien tiene carencia de agilidad si no existiera la agilidad. Y por eso, si existe el Mal –afirmación más o menos evidente- es porque a veces no está presente todo el Bien, por lo que existe el Bien ¿Y de dónde puede salir el Bien si no es de Dios? Si el mundo fuera sólo mundo: ¿Podríamos hablar de Bien? ¿Podríamos pensar en él? Podríamos hablar de sucesos, átomos y movimientos, pero no del Bien o del Mal. Efectivamente, si nos damos cuenta a veces de que algo “no va bien” en el mundo es porque otras veces algo “va bien”, o mejor, nos damos cuenta de que algo “debería ir bien”, y en contraste con ese Bien, percibimos y sufrimos en nosotros el Mal. Por eso, el hecho de que exista el Mal, no digo que sea una prueba, pero sí una muestra de que Dios existe, un ser todopoderoso y creador que de alguna forma lo ordena todo, o casi todo, haciendo que las cosas estén bien (cuando están como Él las pensó) o mal (cuando no están como él las pensó). Y esto no es pura lógica; cuanto más sufre uno las crueldades de este mundo más grita a Dios que le haga justicia, más es consciente del Mal y más tiene sed del Bien, porque, sin saberlo, más siente Su ausencia

jueves, 25 de octubre de 2012

Mi problema de conciencia

Mi problema de conciencia no tiene nada que ver con la moral, tiene que ver más bien con la filosofía y la ciencia. En realidad, para ser más preciso, tendría que haber dicho "consciencia".

Estoy leyendo últimamente a John Searle, un filósofo que trata el problema de la conciencia. A mi lo que más me interesa de este campo es el problema "mente-cerebro". ¿Cuál es este problema? Brevemente: desde siempre el ser humano ha pensado: podemos razonar, comprender teoremas matemáticos, imaginarnos mundos fantásticos, hablar y comprender lo que nos dicen... Todo eso, en un principio se decía que era propio del nous, o intelecto, que se entendía como algo inmaterial. Incluso Descartes, en el s. XVII, hablaba de que en la realidad existía la res cogitans (o cosa pensante) y la res extensa (o cosa extensa), es decir, el pensamiento y la materia, el pensamiento no tiene extensión ni ocupa un espacio concreto mientras que la materia, el mundo, no tiene ningún tipo de propiedad intelectual.

Últimamente se ha puesto de moda la ciencia positiva, y nos ha gustado tanto que nos hemos convertido en materialistas, lo que significa que nada de res cogitans, todo es explicable gracias a los super-microscopios que tenemos, es decir, que sólo hay res extensa. No viene viene a continuación ninguna crítica al materialismo, sino algo quizás más interesante. El mencionado Searle es materialista, y nos plantea el siguiente problema: todo lo que tiene que ver con nuestra percepción de la realidad pasa por el cerebro, por ejemplo un pinchazo en el brazo o nuestra percepción del rojo, ninguna de las dos es explicable si no estudiamos el cerebro primero. Hasta aquí todos más o menos de acuerdo. Pero aquí viene el "misterio de la conciencia" que Searle nos trae para atormentarnos: nos podemos imaginar todo un proceso celular-neuronal desde que el cuchillo toca mi piel hasta que yo siento esa desagradable sensación que me hace retirar el brazo y gritar, pero eso proceso neuronal no es la sensación de dolor. Repito, el recorrido de las neuronas -y de cualquier otra sustancia cerebral que entre en juego- no es la conciencia de dolor. Parece haber un salto de lo puramente físico (movimiento de partículas y corrientes eléctricas) a lo subjetivo (mi sensación de dolor). ¿Cómo pasamos de las corrientes electricas (que se pueden observar científicamente) a la subjetividad?

Algunos dicen, como el mismo John Searle, que la ciencia finalmente nos dará una explicación cuando conozca mejor cómo funciona el cerebro; pero para mí el problema sigue estando ahí: ¿Cómo va la ciencia a explicar ese salto estudiando el cerebro si mi sensación de dolor no está en el cerebro? (no está en el sentido de que es una sensación subjetiva y no se puede hallar de la misma manera que se halla un átomo; se puede decir "aquí está el átomo X, entre la mólecula F y el hueso H" pero no "aquí está mi percepción de dolor") Lo interesante de todo esto es que sí que podemos encontrar una parte del cerebro que influya o esté involucrada en mi percepción de dolor, pero no encontraremos, o eso creo, la sensación de dolor misma; de hecho, encontrar la percepción de un dolor concreto sería sufrir ese dolor concreto ¿no?


He aquí mi problema de conciencia, si se os ocurre algo dejadlo en los comentarios por favor, me interesa de verdad.

sábado, 4 de agosto de 2012

Libre albedrío y bocatas de chorizo

"Tú, como católico, no debes creer en la libertad". No sé si con esa frase buscabas realmente la verdad o si era tan solo una tentativa para provocar mi respuesta. Dejando de lado cualquier tipo de ironía o pregunta retórica, he de decir que ciertamente lamento que cuchillo tal no hubiera volado antes; pues la conversación no tuvo la oportunidad de prolongarse demasiado.

El argumento, si no lo entendí mal, es el siguiente: los católicos creemos en Dios, que entre otras muchas cosas es omnisciente, es decir, que tal y como lo define la RAE posee "conocimiento de todas las cosas reales y posibles". Comúnmente decimos que Dios lo sabe todo, lo que significa que sabe qué decisiones voy a tomar, pongamos por ejemplo que sabe si yo hoy voy a merendar un bocadillo de chorizo o si lo voy a tomar de jamón y queso. Suponiendo que yo sólo voy a tomar un bocadillo (una suposición claramente precipitada), o bien lo tomaré de chorizo o bien de jamón y queso, pero no los dos (ni a la vez ni uno después de otro). La cuestión es la siguiente, si yo finalmente decido tomar el de chorizo, Dios ha sabido desde la eternidad de las eternidades en que vive que yo iba a decantarme finalmente por el chorizo. Por tanto Dios, antes de que yo eligiera, sabía que iba a elegir el chorizo, y por tanto yo no podría haber elegido otra cosa que no fuera el chorizo, y por tanto mi acción estaba determinada. Conclusión, no soy libre.

Si en algo he formulado mal el argumento pido que se me corrija. Si lo he formulado bien seguiré con lo que creo que puede ser una respuesta.

Empezaré con una pequeña paradoja: a Dios no nos atrevemos a quietarle la libertad de entre sus propiedades, y de hecho diríamos que Dios es sumamente libre, pues si Dios está obligado a hacer algo entonces no es Dios. Bajo la hipótesis de que el Ser Absoluto exista, ha de ser necesariamente libre. Entonces tenemos a Dios, que es libre y además omnisciente, siguiendo en la misma vía del argumento anterior, Dios sabría qué cosas va a hacer antes de hacerlas y por tanto no sería libre, pero Dios ha de ser libre... paradoja.

Me atreveré a decir, como a mi amigo Gabriel le gusta decir, que "¡las paradojas no existen!", lo cual es una pena porque no hace mucho tiempo me consagré como buscador de paradojas. Me temo que mi propia exclamación me deja en el paro. En cualquier caso diré por qué creo que realmente no es una paradoja lo que he argumentado en el párrafo anterior.

Estamos dando por hecho que el conocimiento de un hecho concreto es lo que lo determina, pero es en todo caso al revés, son los hechos los que determinan nuestro conocimiento. Intentaré explicarme, aunque ciertamente no me veo muy capaz. Si nosotros conocemos, conocemos cosas, es decir, que no existe el conocimiento a secas, sino que el conocimiento es siempre sobre algo, es lo que a muchos filósofos les gusta llamar "intencionalidad del conocimiento". Tenemos por tanto dos cosas, el CONOCIMIENTO de algo por un lado y por otro el ALGO conocido. Supongamos que dentro del "algo" introducimos la acción de alguien, de esta manera lo que tenemos es el CONOCIMIENTO de una acción y la ACCIÓN conocida. Tenemos por tanto dos cosas diferentes, la acción y el conocimiento (respectivamente, tomarme el bocata de chorizo y el hecho de que Dios sepa que yo lo voy a tomar).

Puede existir ALGO sin CONOCIMIENTO, pero no puede haber CONOCIMIENTO sin ALGO. Aunque no lo parezca, a esto me refería al decir que no es el conocimiento el que determina los hechos concretos sino los hechos los que determinan el conocimiento. Existen dos planos diferentes, el de la realidad (el de los "algos", el de las acciones, el de los hechos concretos) y el del conocimiento que versa sobre ese otro plano que es la realidad.

Si la libertad existe, en principio lo colocaríamos en el plano de la realidad, concretamente en el de las acciones, las acciones serán o no libres completamente al margen de qué conocimientos existan en el universo. Me da igual que un científico descubra ahora los agujeros de conejo y gracias a ellos pueda ver el futuro y pueda, al igual que Dios, saber si voy a comer chorizo o jamón y queso, mi elección no deja de ser libre por ello, (Además algo así no lo creo posible), ese científico sabrá lo que yo he elegido, pero eso no me niega la elección, ese científico no me roba la libertad por el mero hecho de conocer. Enhorabuena por él, pero él no ha tenido nada que ver en mi decisión de elegir el bocata más jugoso y grasiento de los dos. Si mi libertad existe, entonces tiene que ver conmigo y no con nadie más. Más a tener en cuenta si hablamos de Dios, que es quien nos ha dado la libertad y es quien pretende respetarla hasta sus últimas consecuencias. Sé que suena fuerte, pero lo creo verdadero, Dios no puede, o más bien no quiere, quitarnos la libertad, lo que no impide que Él siga siendo omnisciente y tenga completo conocimiento de esas elecciones que hemos elaborado desde nuestra completa libertad. Gracias a Dios una cosa no quita la otra.

"Pero en cierta medida estás determinado", creo que me dijiste. Yo creo que no, lo que estoy es conocido, completamente conocido por Dios, más conocido por Dios que por mí mismo, pero no determinado, son cosas diferentes. El conocimiento de Dios no determina mi acción, sino al revés, (Perdonadme si esto es herejía) mi acción determina el conocimiento de Dios. Si yo hubiera elegido el jamón y queso, entonces Él conocería esa elección desde la eternidad.

Es señal de que una persona no entiende bien algo cuando necesita escribir mucho para explicarlo, así que creo que queda científicamente demostrado que no termino de entender lo que he intentado explicar. Mi intención es siempre acercarme un poco más a la verdad y acercar a otros en la medida de lo posible; me conformo con que esta entrada haga pensar al lector sobre estos temas y que por medio de su propio razonamiento y de la Gracia de Dios pueda acercarse él mismo a la verdad y, si no es muy egoísta con sus posesiones, que comparta conmigo sus descubrimientos.

Quién me iba a decir que de tanto escribir al final no merendaría, se me ha hecho tarde, y creo que ya me espero a la cena. Al final ni bocata de chorizo ni bocata de jamón y queso. ¿Sabría Dios que al final sucedería esto? Finalmente, después de estas mil palabras, me he quedado tanto sin una argumentación sólida como sin una merienda igualmente sólida. Creo que voy entendiendo por qué muchos piensan que la filosofía no sirve para nada.

viernes, 20 de abril de 2012

Búsqueda de la verdad y crisis de la razón

Me encanta esta conferencia, va dirigida a todo el mundo, aunque quizás tenga especial interés para filósofos o intelectuales, pero de verdad que es para todo el mundo. Es una conferencia que dio Pablo Domínguez y a la que asistió Juán Manuel Cotelo, y por ir a esa conferencia luego quiso hacer la película sobre Pablo, "La última cima".

Aquí dejo además una intervención suya en un debate sobre la existencia de Dios, está en dos partes, aquí la primera y aquí la segunda. Era un crack... bueno, lo sigue siendo...

jueves, 23 de febrero de 2012

Ajedrez mental

 A los españoles nos unen muchas características distintas, pero una de las más genuinas es la facilidad que tenemos para arreglar los problemas del mundo desde la terraza del bar. Un par de cañas y unas bravas son ingredientes suficientes para que el español medio se lance sin complejos a arreglar todas esas averías del mundo que ni intelectuales ni políticos han sido capaces de ver.

De todas las conversaciones que se pueden dar entre rondas, hay dos especialmente interesantes. Una es la ya mencionada conversación “arregla-lo-todo”. En ella los participantes están aliados contra el mundo y en una perfecta compenetración (que ya quisieran muchos equipos de futbol) se quejan contra una causa común, y, entre queja y queja, exponen las tan evidentes soluciones para el problema en cuestión. El segundo tipo de conversación y el que, a mi parecer, es más interesante, es aquél en el que los participantes no constituyen miembros de un mismo equipo, sino que se trata más bien de un mano a mano, de un uno contra uno en el que no cabe empate posible. Es lo que una buena amiga llamaría un “ajedrez mental”, en el que no se trata de llegar a acuerdos, se trata de ganar.

Lo que en teoría es una conversación en la que se intenta enterrar la mentira para sacar a la luz la verdad, no es más (y esto es sabiduría popular) que una dura competición en la que cada uno debe proteger a su rey e intentar derrotar al rey contrario en el menor tiempo posible. Como dice Jaime Nubiola “tal como se entiende en español o como se practica habitualmente entre los españoles la discusión es un combate en el que uno de los contendientes pretende más bien vencer que convencer a otro de algo”[1].

También es propio de la pasión hispana (y de un cierto amor a la pelea en cuanto a pelea) el querer vencer incluso cuando no se sabe por lo que se lucha. Más de una vez me ha pasado que, en medio de una encendida disputa, acabo por sorprenderme defendiendo una postura que no era mi postura inicial, una postura que, de hecho, no comparto. ¿Cómo es esto posible? Pues para empezar, porque llega un momento (y este momento llega inconscientemente) en el que ya no importa convencer al otro de alguna cuestión concreta, sino que la misión principal ha pasado a ser llevar la contraria al “oponente”. Diga lo que diga me opongo. Si en una conversación sobre la existencia o no existencia de Dios de repente el otro dijera que le gusta la ensalada mediterránea, estoy seguro de que yo saltaría descontrolado a defender que es mucho mejor, como todo el mundo sabe, la ensalada césar, para luego darme cuenta de que, en realidad, la mediterránea es más sabrosa.

Esto por un lado está bien, pero es fundamentalmente un problema. Estas discusiones no deberían ser un uno contra uno, sino un dos contra uno, dos personas contra un mismo enemigo, la mentira; y esta debería ser una ventaja suficiente para vencer, al menos en muchos de esos casos en los que, al estar los dos hombres enfrentados entre sí, le es más fácil a la mentira campar a uno y otro lado del campo de batalla. La conversación debe tener como meta común el alcanzar la verdad. Por tanto, y espero, Inma, que me perdones por lo que voy a decir, la conversación filosófica por excelencia no es el ajedrez mental.

Tendríamos, pues, que aceptar en estas discusiones la posibilidad de terminar en tablas. De hecho, diría yo, hay que asumir que la mayor parte de las veces va a acabar en tablas. Esto es difícil, hay que vencer el orgullo, hay que vencer los prejuicios y en algunas ocasiones es incluso necesario olvidarse de quién tenemos delante para escuchar simplemente sus palabras, y así poder escuchar la posible verdad que encierren. Para esto es bueno el consejo de Sto. Tomás: “No mires de quién lo oyes sino guarda en tu memoria todo lo que se diga de bueno”. Porque las verdades son verdades, las diga quien las diga.

Sin embargo, voy a dar un paso más. No es suficiente la buena voluntad en la conversación para mostrar la verdad al prójimo, porque las palabras muchas veces son incapaces de mostrar la verdad. Y digo “mostrar” porque las palabras podrán en cierta medida decir la verdad, pero no siempre mostrarla, esto es, hacer que el oyente vea la verdad o la comprenda. Puede escucharla, pero de escucharla a comprenderla, y lo que es más, a aceptarla, hay un gran salto.

Si la verdad es verdadera es porque está en todas las cosas, y si es así entonces no es sólo teoría, la verdad es fundamentalmente práctica. Las palabras son teoría, las obras, práctica, y como la verdad es de los dos tipos, se puede mostrar tanto con palabras como con obras. Muchas verdades se transmiten más cómoda y eficazmente mediante la palabra, pero la experiencia nos dice que las más existenciales, las que cambian nuestro modo de vivir y por tanto las más radicalmente humanas, esas verdades no se nos aparecen en forma de palabras sino en forma de obras.

Creo saber que la verdad fundamental es Dios, y si los evangelistas no se equivocaron al tomar apuntes, Dios es sobre todo Amor. Por eso afirma Juan Pablo II que la Verdad “no puede ser predicada y realizada de ningún otro modo más que amando”[2]. Por eso, en aquellas conversaciones de bar, la verdad que llevan consigo las palabras no se mide tanto en razonabilidad o comprensibilidad, sino en el amor con que son dedicadas a nuestro compañero.




[1] Jaime Nubiola. El taller de la filososfía. EUNSA, Navarra, 2006. P. 203


[2] Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza. 161

martes, 14 de febrero de 2012

Desde el corazón y la razón

No siempre se puede escribir desde el corazón. De hecho, lo más normal cuando alguien tenga que escribir una tesis, es que tenga que forzarse muchas veces a escribir sin que le apetezca lo más mínimo. No creo que esto sea negativo, al menos no del todo. En un principio lo idóneo me parece que todo lo que digamos, y por tanto todo lo que escribamos, nos salga directamente del corazón, pero no sé si existe persona sobre la tierra que pueda aguantar ese ritmo. Sobre todo si su vida profesional depende precisamente de las palabras.

A lo largo de la vida y de los caminos que cada uno recorre, vamos aprendiendo sobre los temas que nos interesan, aunque sólo sea porque pensamos sobre ellos; y lo perfecto sería dar un paso más y leer o escuchar a otras personas que hayan pensado sobre los mismos temas. Pero, en cualquier caso, vamos razonando sobre una serie de temas que nos interesan, y son esos temas sobre los que deberemos tratar en una tesis doctoral. Si nos interesan, entonces muchas veces podremos hablar de ellos desde el corazón, y sin duda nos saldrán palabras más apasionadas y capaces de atraer la atención de los oyentes. Pero no siempre será así, y es entonces cuando toca jugar ese as que guardamos en la manga, o mejor dicho, que guardamos en la mente. Todas esas divagaciones sobre un tema concreto cuando vas andando por la calle, o cuando estás en clase pero sencillamente no te apetece escuchar al profesor, o quizás durante esas dos o tres horas que has estado delante de un libro de Historia de la filosofía pero sin hacerle el más mínimo caso, todo ese tiempo no es tiempo perdido si lo has dedicado al razonamiento, has entrenado tu razón.

¿Por qué es bueno pensar? Y me refiero a pensar tú contigo mismo sin nadie que te moleste. Porque el corazón es capaz de correr muy rápido e incluso en buena dirección, pero creo que, si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que no siempre se caracteriza por la prudencia. Creo de verdad que es nuestro corazón el que, al final, es el que nos lleva a alcanzar las metas verdaderamente importantes, esas cimas que merecen la pena. Pero no podemos llegar a ellas sin aprender a dejarse guiar por la razón, si no frenamos nuestro corazón en determinadas ocasiones. Quien ha hablado conmigo sobre estos temas sabe muy bien que estoy convencido de que “el corazón tiene razones que la razón no entiende”, pero cuántas veces es más sabia la razón…

Para subir un monte de 2000 metros no hace falta tener pasión por el monte, cualquiera con un mínimo de forma física puede hacerlo. Pero un 8000… eso es otra cosa, hace falta, por encima de todo, pasión. Sí, es cierto, hace falta forma física, pero como diría cualquier filósofo, se trata de una condición sine qua non. Quien te hace llegar a la cima es el corazón.

Por lo mismo, creo que, si hay una parte en nosotros que nos lleva a terminar una tesis, esa es el corazón, pero siempre apoyada sobre la base de la razón. ¿Puede faltar alguna? No, quita una de ellas, y despídete de tu tesis, o en el caso de ser escalador, despídete de la cima a 8000 metros de altura. Jaime Nubiola usa una metáfora que nos puede ilustrar; aunque no la usa en este mismo sentido, todo tiene algo que ver: “El caballo de carreras necesita de riendas y estribos que, aunque parezcan limitar su creatividad, hacen posible que gane la carrera”[1]. La razón son las riendas del corazón.

A lo largo de los años que te estás dedicando a la escritura de la tesis, da mucho tiempo a tener “prontos” de todo tipo y gusto, el tema de la tesis será, de repente, el más aburrido de los temas que podías haber escogido, de hecho, la filosofía será la carrera más aburrida que podrías haber escogido, pueden aparecer pensamientos del estilo de: “tenía que haber hecho ingeniería y estar trabajando ya en inteligencia artificial”. Pero es un engaño, si usamos la razón nos daremos cuenta de que tenemos más razones para seguir y continuar con la tesis sobre lógica de primer orden.

Sin duda esto no solo se puede aplicar a la tesis doctoral o al Everest, me parece una norma de vida, me parece que así debe comportarse el ser humano en todos los ámbitos de su vida. Así fuimos creados, desde el corazón y desde la razón, y así, creo yo, debemos comportarnos.



jueves, 2 de febrero de 2012

Entre columpios

Los hombres somos personajes por naturaleza. Ningún hombre es realmente aburrido; en la gran novela de la vida no existen los malos personajes. No creo que un hombre, al mirar en su interior solo pueda encontrar un pequeño pozo de metro y medio de profundidad y vacío. Lo que le sucede a ese hombre no es que tenga un interior poco profundo, lo que le sucede es que tiene miopía profunda.

“O todo o nada: he aquí el hombre; o concupiscencia o gracia; o abismo que se colma con el objeto infinito, o vorágine que se espanta y absorbe; o paradoja viviente, que en vano se irrita y ensoberbece, o receptáculo de sublime verdad que somete al hombre y le hace rezar; o ignorancia de la propia condición de ser finito hecho para el infinito, o conciencia de sí como límite que infinitamente se sobrepasa. El hombre está hecho para escuchar a Dios o para la muerte eterna”. Así describió Pascal al hombre. Y si el hombre es tal, resulta imposible afirmar que dentro de nosotros no hay nada. Estamos, por lo menos y como mínimo, llenos de posibilidades; me atrevería a decir incluso “infinitas posibilidades”. Una vez oí que ya estaba escrito todo, que no quedaba nada nuevo por escribir. Si el hombre es como dice Pascal entonces todavía no se ha escrito casi nada.

¿Habéis visto algo más poéticamente triste que un parque de niños en una fría tarde de invierno? Las cadenas chirrían con el viento, y se balancean los columpios solitarios por encima de los charcos. Es tan penoso que hasta se le puede encontrar cierta belleza. Pasear por un lugar así a uno le entristece, pero también le detiene, le hace pararse un momento y observar la escena. Y creo que todos podríamos llegar a observar la poesía que se esconde entre los columpios. Una cierta belleza que se manifiesta en forma de nostalgia, o quizás como simple belleza estética.

¿Os habéis fijado en ese mismo parque en una buena mañana de verano? Quizás no haga que te detengas, quizás su belleza poética no sea tan patente, pero al pasar por ahí el estado de ánimo mejora inconscientemente. La multitud de niños y niñas gritan, ríen y lloran, a cada cual más alto; han llegado con sus padres y abuelos para dar vida al parque.

Los hombres somos tan contradictorios como esos parques, tristes y alegres, vivos y muertos, solitarios y acompañados, pero siempre escondemos tras nosotros el secreto de la poesía. Más allá de los columpios y más acá de nosotros mismos se esconde algo. Hay un cierto misterio insondable en la realidad. Tanto dentro como fuera de nosotros; nos topamos con ese gran misterio, ese sin-saber que se esconde en el alma humana.

La inmensidad está dentro y fuera de nosotros y no hace falta inventarse nada para escribir cosas bellas. La realidad ya de por sí es bella. Como dice Jaime Nubiola “La verdad es -¡debe ser!- divertida y puede ser presentada de modo que haga resplandecer su atractivo”[1]. Pero ¿cómo hacer esto? ¿Cómo captar esa verdad que todos intuimos pero que nadie termina de poseer? Y es más ¿Cómo hacer esa verdad atractiva? He preguntado a escritores novatos y me han respondido que lo que hay que tener para escribir es cabeza, es decir, inteligencia; otra me respondió que teniendo empatía con la naturaleza, y un tercero me dijo que teniendo experiencias. Aunque esta tercera respuesta me gusta más, yo propondría otra distinta: la humildad, es decir, que además de saber escribir y leer, y tener una cierta práctica con las palabras, la clave es ser humildes, que no significa sino ser realistas. Bécquer dijo alguna vez: “mientras haya un misterio para el hombre ¡habrá poesía!”[2]. Y es cierto, los misterios existen, y los misterios esconden precisamente lo más espectacular, lo más inimaginable, lo más abrumadoramente bello. Y ¿cómo contemplar un misterio cuando estamos revestidos de soberbia? Por el contrario, vestidos de humildad nos damos cuenta de que siempre “hay algo más”.

Experiencia tenemos todos por el simple hecho de vivir. Pero es la humildad la que te permite ver la grandeza de esas experiencias, su trascendencia, sus implicaciones; es la humildad la que hace que un simple hecho se convierta en experiencia. Cuando uno se hace pequeño e intenta mirar las cosas con ojos de niño se da cuenta de que, en realidad, siempre ha sido pequeño comparado con toda la realidad, lo único viejo en él era la mirada. La vida y el mundo no son aburridos, nuestra vida normalmente no es aburrida, el problema se da cuando nosotros damos por hecho que lo es. Si nos fijamos, siempre pasan cosas emocionantes y divertidas frente a nosotros, cosas que creemos que ya nos conocemos y por ello no nos fijamos en ellas. La introducción de “La historia del Arte” de Gombrich es realmente sugerente a este respecto.

Cuando por fin se han caído las escamas de los ojos y somos capaces de ver la realidad en todo su esplendor, es decir, en todo lo que esconde, es cuando no podemos evitarlo y nos lanzamos a escribir, la inspiración ha comenzado, de alguna forma ya no eres tú quien escribe sino la misma realidad la que se expresa -por muy hegeliano que suene- a través de ti. La humildad ante el mundo es lo que nos permite ver el mundo tal y como es, y el descubrir la belleza que hay en él es lo que nos impulsa a escribir.

No hace falta introducirse en la novela de Lewis Carroll para descubrir el país de la maravillas, lo único necesario es hacerse pequeño para poder entrar por la madriguera de conejo.




[1] Jaime Nubiola. El taller de la filosofía. EUNSA, Navarra (España) 2006. P. 117


[2] Bécquer. Rimas. IV

viernes, 27 de enero de 2012

Gritando a las piedras

Tras unos largos años de continua meditación me di cuenta de cuánto tenían de inútiles mis pensamientos. Este gran manojo de ideas simplemente se quedaban encerradas en mi cabeza, creciendo exponencialmente sin tener más sitio donde habitar, y enredándose unos pensamientos con otros precisamente por la falta de espacio. Abandoné mi solitario dormitorio para buscar de entre todas esas personas que vivían en el pueblo unas cuantas mentes que hubieran pensado cosas parecidas a las mías, o cosas muy distintas, y poder dar una salida a mis pensamientos para no dejarlos encerrados y aburridos en mi sola mente.

Una vez allí, entre todo el tumulto de gente, que hablaban, gritaban y bromeaban entre sí, empecé a buscar algunos que quisieran, como yo, dar salida a sus pensamientos y conocer los pensamientos de otros; y de esta manera, entre varios hombres hallar al menos unas pocas conclusiones claras sustraídas de todo ese caos de ideas de mi cabeza. Un caos de ideas que ya no me dejaba pensar. Necesitaba aclararme y por eso salí de mi soledad.

Para mi sorpresa ¡la gente me ignoraba! pero es más ¡me huía! Le dije a uno que pasaba por mi lado: “Tú ¿qué has pensado durante tus años de vida?” No me respondió palabra alguna, pero pude leer sus pensamientos en su mirada: “¿Me está hablando a mí? Déjeme, señor”. Tras la mirada se dio media vuelta y se fue. Busqué a otro y ataqué:

-¿Usted qué piensa?

Me respondió -¿Que qué pienso de qué?

-Qué piensa usted en general ¿qué piensa?

-Usted está loco, déjeme en paz.

Y así fue durante un largo rato, iba buscando personas que quisieran hablar conmigo y aprender de mí y yo de ellos, pero nadie quería. A mí me extrañaba bastante, veía que todos eran personas muy sociables, todos hablaban con todos, y mucho. Había comunicación entre ellos, pero nadie parecía haber pensado sobre nada. “Es una pena” pensé, yo he pensado mucho y no me he comunicado nada, ellos parecen haberse comunicado mucho pero sin haber pensado nada. Nos podríamos ayudar mutuamente. No me rendí y lo intente un poco más, pero nada, hasta el punto de desesperarme. ¡Cuántas personas! ¡Cuántas mentes! ¡Y qué pocos pensamientos!

Vi una gran piedra, y como nadie me respondía le grité enfadado: “¡¿Y tú?! ¡¿Has pensado algo en tu fría y aburrida vida?!”

-Pues la verdad es que últimamente no he parado de darle vueltas a la cabeza- respondió la piedra.

El asombro era absoluto, pero no pude evitarlo, le seguí la conversación. Cuántas personas me había topado sin pensamientos interesantes y esta piedra es la única que me responde.

-¿Darle vueltas a la cabeza? ¿Tú? Si no tienes cabeza.

-¡Eh! ¡Eh! no te pases. En realidad eres tú quien no debería hablar. ¿Por qué me has gritado de esa manera?

-Llevo toda mi vida encerrado en mi dormitorio pensando sin parar. Cuando era muy joven, de hecho cuando no era más que un niño, ya me di cuenta de que las personas suelen molestarte cuando intentas ocuparte de tus asuntos, cuando estás pensando en lo verdaderamente importante; y no solo las personas, el mundo que nos rodea no es más que una molestia para el pensamiento: móviles, ordenadores, blackberrys… cuando crees que ya te has deshecho de alguien de repente te llega un mensaje a la black ¡y es él!, ya no hay forma de deshacerse de nadie, ni hay forma de meter kilómetros de distancia.

Todo eran molestias y yo necesitaba concentración para pensar en las cosas que de verdad importan, por eso me aislé del mundo. Años y años de puro pensamiento y me puedes creer, he pensado muchas cosas. Pero poco a poco todos esos pensamientos se han ido volviendo contra mí. Mi mente se fue convirtiendo en una olla a presión y no había grieta alguna por donde liberarla un poco. Me di cuenta de que todos los pensamientos que había tenido, algunos muy claros y ciertos, necesitaban más espacio, y ese espacio son las mentes de los demás. Necesitaba gente a quien comunicárselos y con quien hablar. Además, había descubierto multitud de cosas que no me servían para nada. La virtud, por ejemplo, y otras cosas por el estilo que he leído y memorizado, he descubierto que no sabré lo que son de verdad hasta que no viva ahí fuera, o mejor dicho, aquí fuera. Pero el exterior me ha vuelto a decepcionar. No he encontrado a nadie con quien merezca la pena pasar el tiempo. Estoy pensando en volver a mi dormitorio y quedarme allí, pero por otro lado siento un gran rechazo a volver, y no sé por qué, no entiendo nada.

Respondió el hombre que había detrás de la piedra:

-Yo ahora sí entiendo, no quieres volver porque no eres solo pensamiento. Anhelas algo que no conoces, que no sabes lo que es, y eso te desconcierta. Tu razón te ha guiado durante toda tu vida, pero es ahora el corazón quien no te deja volver a ese aislado dormitorio, porque bien sabe tu corazón que esa no es forma de vivir. Has pensado durante mucho tiempo en las cosas que de verdad importan, ¿Pero cuánto te has ocupado de las cosas que de verdad importan? Yo vengo del pueblo ese donde has estado antes y has hecho que me de cuenta de que nunca había pensado nada y eso me ha impedido ocuparme de nada. Gracias por gritarle a las piedras.

lunes, 2 de enero de 2012

El mal

No hace mucho discutia con un amigo sobre el mal. Fue una discusión a distancia y a través de mails, pero no menos interesante por ello. Te dedico esta entrada Javi, aunque no es nada que haya escrito yo, sino un fragmento de un libro que me estoy leyendo ahora: "Mi testamento filosófico" de Jean Guitton. En este fragmento está teniendo un diálogo con De Gaulle acerca del mal. Os pongo este fragmento y si os gusta leeros el libro, la verdad es que me está gustando y creo que merece la pena. Aunque ponga este fragmento, lo que más me gusta de este capítulo es cómo termina. Podeis encontrar aquí un par de fragmentos más amplios, sin embargo no están los diálogos completos.
Habla De Gaulle:



"—Vine para hacerle una pregunta y nos hemos desviado. Guitton, ¿y el mal?

—Es la prueba más fuerte de la existencia de Dios.

—Paradoja. Sea. Explique.

—Un día, Leibniz se prendó de una viuda guapa, joven, rica. La pidió en matrimonio. La dama le pidió tiempo para refle­xionar. Eso permitió reflexionar también a Leibniz y no se casó con ella. Pero, a veces, la echaba de menos, soltaba una lágri­ma. Tres años después, se la volvió a encontrar, ya casada; charló con el marido, comprendió. Se libró de una buena. Ya no lloró más.

— ¿Moraleja? 
—Espere el final de la historia.

— ¿El mal no existe? ¿Ha leído usted Cándido?

— ¿Qué quiere que le diga? Espere el final de la historia. Todo está en función del más allá.

—El problema, Guitton, es que la gente no quiere creer en Dios a causa del mal; y que no creen en el más allá porque a causa del mal no creen en Dios.

—Es razonar como un tambor.

—Yo no digo que razonen bien. Le digo cómo razonan.

—Por una vez, mi general, es usted el intelectual. Sea prácti­co. Pensamos en el mal cuando estamos mal. Luego el problema del mal se plantea siempre mal. Para ser racional, hay que tornar distancias. Pero cuando uno puede tomarlas, todo va bien y ya no pensamos en el mal. De ahí que, en la práctica, o pensamos mal en el mal, o no pensamos nada en él.

—Buen argumento. ¿Qué hacer?

—No pensar en ello cuando estamos mal y pensar en ello cuando no estamos mal.

—Lógico. ¿Lo que nos permite esperar el final de la historia?

—Exactamente.

—Pero entonces no pensamos, esperamos.

—Nada de eso. Pensamos mientras esperamos. El proble­ma del mal debe plantearse con el del destino. No por sepa­rado.

—Dice usted eso porque es católico, no piensa usted de manera autónoma.

— ¡Mi general, usted también no! Usted sabe bien que soy católico porque soy librepensador.

—Le estaba pinchando. Continúe.

—Entonces, una de dos. O es el más allá o es la nada.

—De acuerdo.

—Y si es la nada para el hombre, de nuevo una de dos sobre Dios. O hay un dios, o no lo hay.

—Le sigo. Y le adelanto. Si es el más allá para el hombre, entonces de nuevo una de dos sobre Dios. O existe o no existe. En resumidas cuentas, cuatro combinaciones posibles. Dios y el más allá, Dios sin el más allá, el más allá sin Dios, ni Dios ni el más allá. Hacen realmente cuatro."

viernes, 2 de diciembre de 2011

El trabajo de un semestre.

Aquí dejo mis trabajos de este semestre. Qué poca cosa parecen... y cuánto tiempo han llevado.

De la asignatura de "ética especial, principios, virtudes e instituciones":
    - Un comentario de un texto de Kant llamado "Idea para una historia universal con propósito cosmopolita" (Ver aquí)

De "Filosofía Política":
    - Un comentario sobre la libertad en "el segundo tratado sobre el gobierno civil" de John Locke

De "Matrimonio y familia":
   - Un comentario de unas páginas de "La agonía del matrimonio legal" de Pedro-Juan Viladrich (Ver aquí)

De "Teodicea":
   - Dios en Berkeley (Ver aquí)
   - Dios en Descartes (Ver aquí)
   - Reseña larga de "Cuatro filósofos en busca de Dios" de Alfonso López Quintás" (Ver aquí)
   - Trabajo de investigación sobre Blaise Pascal (solo pongo la introducción y las conclusiones porque el trabajo es largo, si a alguien le interesa le recomiendo el libro que me he leído yo. Se llama "Pascal" y está escrito por Federico Sciacca. Es realmente bueno, se lo recomiendo a todo el mundo) (Ver aquí)

Bueno, pues estos son. He hecho alguno más, pero no lo pongo porque no me gusta nada. Los de Descartes y Berkeley son más filosóficos que los demás. Los dos libros de los otros dos trabajos de teodicea son muy buenos, tanto el de Pascal como el de Cuatro filósofos en busca de Dios.

viernes, 21 de octubre de 2011

Contra el argumento ontológico

Ya expuse hace unos días el argumento ontológico de S. Anselmo. Lo he estado estudiando un poco, y esto significa que he tenido que leer objeciones y respuestas a este argumento de distintos filósofos. Como ya dije, prácticamente todos los grandes filósofos hasta la modernidad lo han aceptado como bueno, pero Kant y Sto. Tomás no son de ellos.

Durante el tiempo que estuve leyendo sobre él pasé por ambos bandos: ahora me lo creo, ahora no, ahora me convence, ahora no… Cambié de opinión varias veces, pero ahora creo haberme asentado firmemente en una de ellas: el argumento ontológico es una falacia, es falso.

S. Anselmo y Descartes entre otros dirían que Dios es lo máximamente pensable, lo más perfecto que se puede pensar, y como existir es más perfecto que no existir (una isla que existe es más perfecta que una que no existe), necesariamente Dios existe. A esta forma de pensar se le puede atacar dos puntos: el que ataca Sto. Tomás y el que ataca Kant; aunque en parte están atacando lo mismo. Se trata más bien de atacar el mismo punto desde distintos ángulos.

El medieval diría que hay que separar la realidad externa, la “de fuera”, de los pensamientos. No es lo mismo lo que pensamos y la realidad externa a nuestros pensamientos. Podemos pensar que Dios es perfecto, pero que en realidad no sea así. Es posible que la realidad sea diferente a como nosotros la concebimos mentalmente. Se trata simplemente de darse cuenta de una cosa: nuestra mente es imperfecta. Nosotros concebimos mentalmente que Dios es perfecto, por tanto le corresponde mentalmente la perfección, pero no le corresponde realmente la perfección, es decir, que eso en lo que pensamos, y que pensamos como perfecto, no tiene por qué existir.

Por otro lado, Kant argumentaría lo siguiente: Dios es lo más perfecto, es cierto, pero el error está en creer que la existencia es una perfección más. Los ontologistas (defensores del argumento ontológico) afirman que como existir es más perfecto que no existir, entonces Dios debe existir. Pero esto sería poner al mismo nivel la existencia y otras perfecciones, como pueden ser la omnipresencia, o tener sabiduría infinita, o poder infinito. Pero la existencia no es una perfección más que esté equiparada a esas, sino que es la base necesaria para que se den esas perfecciones. Es la “condición sin la cual” no se pueden dar las demás perfecciones.

La idea sería, aunque suene un poco absurdo, que Dios es perfecto si existe, porque si no existe no es perfecto. Parece lo más evidente, y es así, es evidente, pero el argumento ontológico te puede hacer olvidarlo, tiene algo que lo hace sumamente creíble si lo piensas a fondo. Pero repito: hay que pensarlo. Igual que para descubrir por qué es falso, la clave está en interesarse y pensar uno mismo y sacar conclusiones.


Cuando pensamos en las cosas las pensamos bajo el supuesto de que existen. Si te piden que pienses en una isla la piensas con arena, árboles y un montón de cosas materiales. Esas cosas realmente no existen, esa isla no existe, pero tú la piensas como si existiera, para poder imaginártela bien. No piensas en la isla como “isla simplemente pensada”, sino como real. Con Dios sucede lo mismo: pensamos en Dios como existente y de ahí deducimos que existe, pero porque lo pensamos desde un principio como existente.

Es posible que no se entienda nada de lo que he dicho, pero si dedicáis un tiempo a reflexionar sobre ello creo que os sorprenderéis a vosotros mismos.

lunes, 10 de octubre de 2011

El argumento ontológico

Lo siento mucho querido caminante, pero aquí viene un poco de ardua metafísica. Este semestre tengo teodicea, es decir, filosofía de Dios, que no es lo mismo que teología, o “estudio de Dios”. Son cosas diferentes, pero bueno, no es eso lo que ahora me importa. Lo que ahora me importa es el argumento ontológico.

¿Onto-qué...? Ontológico, pero tampoco voy a entrar al significado de la palabra "ontológico", sino que voy a pasar directamente a explicar este argumento. Se trata de un argumento que muchos filósofos han aceptado como bueno para demostrar que Dios existe, al menos hasta la modernidad. Sin embargo, dos de los más grandes filósofos de la historia, como son Sto. Tomás y Kant, lo rechazan; lo cual da que pensar.

De hecho, vamos a pensar… piensa por un momento en Dios. No importa lo que creas, o lo que pienses, o lo que comas los martes por la noche. Piensa en Dios ¿Cómo es? puff... es complicado, ¿Alguien que está por encima de las nubes y que nos observa y nos oye los pensamientos? bueno, es una forma de verlo, pero hay una cosa que es segura: Dios es perfecto. Sea lo que sea la perfección, Dios tiene que ser perfecto. Si el Dios en el que has pensado no es perfecto, vaya birria de Dios (con perdón) te has imaginado. Por tanto, si nos imaginamos a Dios lo imaginamos como perfecto.

Ahora imagínate a Dios existiendo y luego imagínate a Dios sin existir. Ésta es la gran pregunta de la humanidad ¿Dios existe o no existe? pues bien, piensa en las dos posibilidades, primero en una y luego en otra (si eres capaz de pensar en las dos a la vez adelante, pero no sé si el experimento funciona...). Y después de haber pensado en esas dos posibilidades pregúntate, como hizo S. Anselmo hace unos cuantos siglos, cuál de esos dos dioses que te has imaginado es más perfecto, ¿el que existe o el que no existe? La respuesta parece clara: un Dios que no existe directamente no es nada y el que existe no es que sí sea algo, es que lo es todo. De hecho es perfecto, y más perfecto que el que no existe.

Por tanto, si cuando pensamos en Dios nos damos cuenta de que tiene que ser perfecto, y también nos damos cuenta de que existir es más perfecto que no existir... entonces ese Dios en el que pensamos, que es perfecto, tiene que existir, porque si no, no sería perfecto. Pensar en un Dios que no existe sería pensar en un Dios imperfecto, pero eso es contradictorio, un Dios imperfecto no es Dios.

Es decir, que del pensamiento de Dios se sigue la perfección de Dios, y de la perfección de Dios se sigue la existencia de Dios. Por tanto, del pensamiento de Dios se sigue su existencia. Esto es lo que diría S. Anselmo. Diría que cuando pensamos en Dios estamos pensando en lo más alto que podamos pensar (“aquello mayor de lo cual nada se puede pensar”). No podemos pensar nada más perfecto que Dios; por eso, en realidad no podemos pensar en un Dios que no exista (Se entiende que Zeus, Atenea y todos sus amigos no son dioses realmente, pues no son todopoderosos, únicos, omnipresentes…) No podemos pensar en Dios-sin-existir porque no estaríamos pensando en Dios, pues eso en lo que pensamos no sería perfecto y no sería Dios. Por tanto, de que podamos pensar en Dios se sigue necesariamente que existe.

Este es el argumento ontológico. Ojalá me haya explicado y se me haya entendido. Reconozco que al principio parece absurdo, como que no convence, pero si lo piensas un poco a fondo resulta mucho más convincente que a simple vista. Cuando me lo explicaron en bachillerato me pareció una tontería, pero al estudiarlo en la universidad, y no sólo estudiarlo, sino también pensarlo yo mismo, me convenció y me lo creí durante un corto tiempo; tras darle más vueltas, y al pensar también en lo que responden Kant y Sto. Tomás a S. Anselmo, creo haber descubierto la verdad, al darme cuenta de por qué el argumento ontológico es falso. Pero esto lo colgaré en otra entrada en un par de días, por el momento piensa en el argumento ontológico, y piensa si te convence o no. Pero eso sí, no lo rechaces a simple vista por parecer absurdo, examínalo a fondo, si te interesa, y no hables de él sin conocerlo, pues de lo contrario serías tú el absurdo.

viernes, 16 de septiembre de 2011

... (2)

Esto no me deja hacer comentarios a nadie en su blog, de hecho no me puedo ni comentar mis propias entradas... es curioso ¿verdad? Puedo escribir entradas pero no puedo comentarlas... Internet aún no ha alcanzado la perfección.
Por eso aprovecho para volver a contestar aquí:

En realidad tienes razón, si hay alguna forma de imaginarnos la nada es esa, como si estuviéramos durmiendo, y no hay nada, ni sufrimiento, ni nostalgia, sencillamente nada; un sueño sin fin.

Intenté ir por el royo poético-sentimental para convencerte, está claro que no es mi punto fuerte, o quizás no se pueda convencer a nadie así, no lo sé. Pero honestamente digo lo que pienso: La mente no es capaz de entender en su plenitud lo que significa "Dios", es decir, no somos capaces de abarcarlo, el intelecto no llega a tanto, de hecho, si así fuera, seríamos nosotros dios, y entonces estaríamos por encima de Dios y por tanto ya no sería Dios, sino un diosecillo... Creo que se me entiende, y hasta aquí todos de acuerdo. (Por no hablar de Dios y que aceptes lo que digo, cambiémoslo por "infinito", nuestra mente no es capaz de abarcar el infinito).

Pues de la misma forma, nuestra mente tampoco es capaz de entender la nada, porque en realidad, al ser "nada" ni siquiera existe, podemos hacer analogías, paralelismos o metáforas, pero nunca nos haremos cargo de lo que es la nada, o más bien de lo que no es (Pufff, metafísica, han ido calando estos dos años en mi...). Por eso intentar entender la supuesta nada que seguiría a la muerte resulta un poco extraño, aunque no digo que no haya que hacerlo o intentarlo.

Y al margen de que se pueda o no entender (o imaginar) la nada, ¿Quién nos asegura que eso es lo que hay tras la muerte? Nadie ha venido a decirnos "No te mueras tronco, yo vengo de allí y lo que he visto es muy chungo... ¡no he visto nada!". Bromas aparte, si no hay nada, no hay forma de saberlo, porque saber que no hay nada implicaría conocer esa realidad: la nada, y si lo conoces es que ya es algo y por tanto dejaría de ser "nada". (Sí, definitivamente me estoy embarrando demasiado en metafísica).
Yo sé que estas palabras no pueden convencer a nadie de que después de la vida hay algo más, mucho menos a un agnóstico que se precie de serlo, de hecho tampoco espero otra cosa. Si tan fácilmente se pudiera convencer, igual de fácil se podría engañar. Para mí el "más allá" no es una creencia a la que haya llegado después de razonar durante cuarenta días sin dormir, comer, ni beber. Es fe, y de hecho creo que así debe ser (Cristo nunca pidió inteligencia y conocimiento, sino fe y humildad). Normalmente no son los largos debates filosóficos los que acaban por convertir a la gente, por muchas cañas que haya de por medio, sino que son las experiencias personales, y puesto que Dios no es simplemente una idea, sino que es mucho más, no se llega a Él simplemente pensando. Más bien habría que hablar de que Él llega a nosotros de otras muchas formas.

Pero sea como sea, esté equivocado o en lo cierto, el tiempo finalmente revelará la verdad, o al menos eso espero. Hasta entonces: sin miedo a buscar, sin miedo a pensar, sin miedo a reconocer los errores. A ser honesto con los demás, con uno mismo y con Dios…

domingo, 17 de julio de 2011

¿Por qué evitarlo pudiendo afrontarlo?

Uno a veces desea que todo lo que le ha sucedido desaparezca, y volver a empezar. Por suerte no todos nuestros deseos se hacen realidad. En la vida de uno pueden pasar muchas desgracias, las cuales deseamos que desaparezcan y que no dejen huella en nosotros, pero cuántas veces esas "desgracias" acaban por convertirse en bendiciones. Normalmente evitamos el sufrimiento a toda costa, sobre todo en esta sociedad del bienestar en que vivimos, pero cuántas cosas hemos logrado a través del sufrimiento. Y he dicho "hemos logrado", en general la raza humana, pero digo mejor: cuántas cosas han logrado personas concretas e individuales a través del sufrimiento, cuántas cimas ha coronado el sufrimiento, qué sería de nosotros sin el sufrimiento... (Cristo nos salvó a través del sufrimiento, de cuerpo y alma)

Esto no es una alabanza al sufrimiento, no es que el sufrimiento sea bueno de por sí, pero el día en el que acabemos con el sufrimiento, acabaremos también con nuestras posibilidades de llegar alto. Pocas cosas hay en esta vida que merezcan la pena y que no conlleven algo de sufrimiento. Y no es pura teoría, creo que todos hemos experimentado que el sufrimiento nos ayuda a madurar.

Y es por eso por lo que creo que la sociedad del bienestar tiene una filosofía de fondo que no es del todo cierta. El bienestar es bueno por su propia definición, pero eso no significa ni mucho menos que haya que ponerlo como fin último de la sociedad ni del hombre. Una sociedad como la del bienestar, que busca evitar el sufrimiento por encima de todo se está olvidando de algo muy importante: "sufrimiento" no significa lo mismo que "mal".


Subir a la cima de un monte cuesta un esfuerzo, pero sin esa pequeña dosis de "malestar" las vistas no serían los mismas. Y es en parte por eso por lo que estas fotos ni se acercan a lo que se ve realmente cuando estás ahí arriba.
(Ambas fotos están hechas desde el Aneto, lo que se ve detrás de mí en la de la derecha es el Paso de Mahoma, y lo de la izquierda son lo Pirineos vistos desde su punto más alto)

martes, 3 de mayo de 2011

Inconsciente búsqueda de la verdad

“Todos los hombres desean por naturaleza saber”. Habrá pocas citas en filosofía más conocidas que ésta. ¿Qué significa que deseamos saber? Significa que deseamos conocer la verdad, y sin meterme en el debate acerca de si la verdad es la correspondencia de la realidad con los enunciados o con los pensamientos o con cualquier otra cosa, voy a entender “verdad” como se entiende convencionalmente, como lo entiende cualquiera, es decir, aquello que no es falso, que no es mentira, aquello que es real.

Existe la realidad y existe lo falso; parece ser que nadie busca lo falso, pero sí en cambio que todos buscamos lo verdadero (al menos a eso se refiere Aristóteles con su famosa frase). Yo me pregunto en primer lugar si es cierto eso que afirma Aristóteles, y si se puede entender tal afirmación sin necesidad de entrar en discusiones metafísicas; es decir, saber si lo puede entender cualquier persona.

Tengo mucha gente cercana con la que discrepo enormemente acerca de lo que puede ser la verdad, e incluso alguno puede pensar también que algo así como la verdad no existe, sino que más bien diría algo al estilo Nietzsche: que la noción de “verdad” es algo que se han inventado algunos para dominar al resto. Pero todos aquí sabríamos responder a tal afirmación: “al decir eso entras en contradicción, porque lo que tú afirmas lo estás tomando como verdadero, de forma que estás diciendo que es verdad que la verdad no existe”. Así nos han enseñado a responder, pero si es tan fácil contra-argumentar ese relativismo ¿Por qué sigue habiendo tanta gente que piensa así? En el fondo yo lo veo como algo sencillo: esa respuesta que nosotros damos les resulta tan contradictoria como a nosotros la suya. Nos podrían decir lo siguiente: “¿Por qué me dices que estoy tomando mi afirmación como verdadera si ya de entrada he dicho que no existe la verdad?” Me voy a intentar explicar mejor: el diálogo del que estoy hablando, simplificando, sería algo así:

-La verdad no existe.

-Entonces esa frase es verdadera.

-No porque la verdad no existe luego mi frase no puede ser verdadera.

-De nuevo tu afirmación la estás tomando por verdadera.

-No porque la verdad no existe y mi afirmación no puede algo que no existe

Etc. Es lo que coloquialmente llamamos “un diálogo de besugos”.

Mi opinión es que no existe la posibilidad de un diálogo racional entre estas dos afirmaciones. Se está partiendo de dos polos opuestos, de dos presupuestos contrarios. Hablando en términos lógicos: no se puede refutar un presupuesto desde su presupuesto contrario. Uno está dando por hecho que la verdad existe y el otro está dando por hecho que no existe… Son formas distintas de ver el mundo, y por tanto son formas distintas de plantear una pregunta o una afirmación. Por eso nos cuesta tanto entender que otra persona no entienda que la verdad existe necesariamente: porque si se afirmase lo contrario se estaría tomando por verdadero lo contrario (es decir, que no hay verdad) y por tanto habría una verdad y por tanto llegaríamos a una contradicción (que es verdad que no hay verdad), luego no se puede afirmar que la verdad no existe. El problema está en que toda esta argumentación que nos hacemos, la hacemos bajo el presupuesto de que la verdad existe.

No digo que ninguno esté equivocado y al mismo tiempo los dos están equivocados porque todo es relativo y en el mundo todo es nada y nada es todo… No, para bien o para mal yo creo que la verdad existe. Pero sí afirmo que el diálogo es imposible; para que haya diálogo tiene que haber comunicación, y no existe comunicación posible entre dos afirmaciones contrarias, especialmente tratándose de la verdad.

Entonces me podréis decir: “en ese caso si una persona está equivocada no se le puede hacer entrar en razón, porque el diálogo es imposible”. Pero no, pues aunque yo pienso que no existe diálogo argumentativo posible, sí existe lo que se podría llamar diálogo empírico. ¿A qué me refiero? A que, si nos fijamos, todo el mundo busca la verdad, todo el mundo desea la verdad; ésto lo afirmo con Aristóteles. Aunque no todos parecen buscarla o desearla intelectualmente o racionalmente, sí en cambio todos la buscan con sus acciones…con su vida… con sus deseos… Detrás de cada vida, detrás de cada sueño, detrás de cada deseo se encuentra un anhelo inmenso de verdad, de trascendencia, de huir del caos, de huir de lo efímero, de la mentira.

Aunque a una persona que afirma que la verdad no existe no podamos demostrarle con un argumento deductivamente válido que se equivoca, sí que podemos en cambio hacerle ver que si en lo más hondo de su interior no buscase una verdad no estaría intentando convencernos de lo contrario.

Entonces: ¿buscamos la verdad? Sí, por supuesto ¿Cómo lo podemos ver? En que todas las personas buscan algo o desean algo, en que todas las personas actúan, y no lo harían si no buscasen algo; y ese algo, lo sepan o no, es la verdad.

lunes, 18 de abril de 2011

Sabia locura

(Ensayo realizado junto con otros dos compañeros de mi clase de filosofía: Miriam Martinez y "Chopperhauer")



-P-¿Y si sólo estamos soñando? ¿Qué harías si viniese un día Morfeo y te plantease dos alternativas: quedarte en el engaño de Matrix o despertar y conocer la verdadera realidad?

-M: A veces preferiría quedarme en Matrix, no eres consciente de las miserias reales, vives en el sueño de que todo es mejor, y ese es tu mundo. Si vives feliz ¿por qué desengañarse?

-P: ¡Porque no es la verdad! Esa es una razón suficiente.

-M: Pero no sabes que estás engañado. Qué más da que no vivas en la verdad si no te das cuenta precisamente de que estás viviendo una mentira.

-P: La cuestión es esa: que lo sepas. Porque justo en el momento en el que te reconoces como ignorante empiezas a salir del error, ya has visto que no estabas en lo cierto. Como decía C.S. Lewis “Saber que uno está soñando es no estar completamente dormido”.

-M: Pero ¿No preferirías quedarte dormido? Al fin y al cabo la experiencia del dolor no es algo agradable. ¿La verdad lo vale? ¿Y si es peor?

-P: ¡La verdad lo vale! Porque conocer la verdad no solo te lleva a hacerte cargo de los males del mundo, sino también a encontrarles su sentido. Como te he dicho antes: una vez caes en la cuenta del error es inevitable empezar a buscar.

-M: ¿Buscar? Pero ¿en qué consiste esa búsqueda de la que hablas?

-Ch: ¡Por fin una pregunta que merece la pena! La ciencia, ahí tenemos todas las respuestas que buscamos. No sé porqué os complicáis. La ciencia ha conseguido simplificar y hacer más sencilla la realidad, está perfectamente ordenada: tenemos una especialización para cada sector de la realidad.

-P: No, te equivocas, hay muchos temas que la ciencia no abarca; como por ejemplo la belleza, el bien y el mal…

-Ch: Bueno, ahí tenemos la filosofía para encargarse de esos temas. También la estética o la ética están sujetas al análisis objetivo propio de toda ciencia. Todo lo demás se reduce a una búsqueda de consuelo espiritual subjetivo y sin sentido. La mayoría de las discusiones que se dan acerca del arte son divagaciones personales, subjetivas y, normalmente, pobremente argumentadas. Existen unas reglas para la belleza, existen proporciones, como la proporción áurea, que marcan la armonía y es, en definitiva lo que determina qué es bello y qué no. Esas reglas pueden estudiarse y recogerse; y mediante ellas llegar a ser un artista. Pero el subjetivismo extremo que se da en el arte contemporáneo me resulta sencillamente absurdo. Del mismo modo, la idea de genio que se tiene en el arte es también completamente falsa: esa creencia de que el “grande” es aquél que, en su inspiración, y tras una noche de insomnio y agonía se lanza a expresar sus sentimientos no es para nada objetiva.

-M: ¡Pero es que no me importa! Vale, con eso sí, puedo hacer cosas: analizar en un laboratorio y conseguir algo tan valioso como los medicamentos, hacer unas cuantas medidas y construir casas, pero todo eso ¿para qué? De qué me va a servir sólo vivir o incluso vivir cómodamente. En ese caso somos como los animales con la única diferencia de que adaptamos el medio a nosotros… pero y qué, todo eso es ajeno a mí mismo, se trata de conocimientos conducidos a mejorar las condiciones externas, conoces mucho, eres un científico… ¡pero no eres sabio! te pierdes a ti mismo en todo lo que está fuera de ti mismo… en el fondo el hombre no sólo necesita vivir o vivir bien, necesita saber para qué vive, tener el control de su vida, dar sentido a su experiencia…

Defiendo el arte, y la locura de conocer lo que parece incognoscible, porque es lo más valioso, porque finalmente refleja al hombre mismo, el espíritu libre del hombre. Necesitamos de esta fuente de expresión, para expresarnos y para oír lo que otros expresan, para aprender lo que verdaderamente vale en la vida. No me basta tener salud ni vivir en una mansión si quien está saludable o vive ahí está destrozado por dentro, porque al final lo más próximo a uno mismo es él mismo, y necesita comprenderse, saber que su vida, la suya y no otra cosa ajena, tiene sentido. Por eso el arte, la poesía y todo ese mundo enrevesado de las letras guardan lo más valioso. Es la fuente de conocimiento sobre la que más vale la pena absorber, la que manifiesta, finalmente, que en el mundo hay vida, hay hombres y no máquinas, que hay espíritus libres y creativos y no sólo procesos mecánicos… son, finalmente, la manifestación de que el hombre busca incansablemente el sentido de la vida, y sólo la sabiduría se lo puede dar a conocer. Por eso la filosofía como carrera es una gran herramienta para conocer, y una excusa para entrar al mundo laboral como “funcionarios” de la sociedad, pero ser filósofo es cosa de todos, el amor a la sabiduría es cosa de hombres, y no de máquinas, por eso un mundo con arte es un mundo humano.

martes, 29 de marzo de 2011

Buscando respuestas

Los libros de fantasía y ciencia ficción normalmente tienen un mensaje de fondo o moraleja. Estos libros nunca quedan vacíos de contenido. Incluso cuando están hablando de razas mágicas, extraterrestres o robots, los escritores de esos géneros siempre intentan dejar mensajes puramente humanos: respuestas o advertencias a problemas humanos. Sin embargo, algunos de los más grandes escritores de fantasía y ciencia ficción, han afirmado que no son ellos los que introducen la moraleja en sus historias, sino que son las mismas historias, que al cobrar vida, desarrollan sus propias conclusiones, y son ellas las que otorgan una moraleja a su escritor… Es el escritor el que aprende de su propia historia.

Pues bien, en cierto sentido cada uno de nosotros somos los escritores de nuestra propia historia. Aunque muchas veces no somos nosotros los que dirigimos nuestra vida, sino que cogemos y aprendemos de lo que nos viene dado. No creo que nuestra vida sea como un barco con el que nosotros navegamos hacia el horizonte que más nos gusta, por encima incluso de cualquier ola; sino que más bien la veo como una tabla de surf, frágil comparada con la fuerza del mar, pero lo suficientemente preparada como para coger las olas que se nos echan encima.

¿Y por qué digo todo esto? Porque yo también pienso que los problemas de la filosofía son los mismos que los problemas de la gente normal y corriente. No digo que no se encargue de temas como el Bien, lo trascendental o las esencias de las cosas, pero sí que todo ello no debe perder su sentido, es decir, que son problemas que se estudian a raíz de problemas normales del día a día.

Uno que estudia economía lo puede hacer porque quiere aprender y dominar el funcionamiento de la bolsa, o uno que estudia ingeniería de telecomunicaciones lo puede hacer porque quiere ser el mejor programador que haya habido nunca, pero acaso nosotros no estudiamos filosofía simplemente porque nos encanta. Al menos yo hablo desde mi propia experiencia, desde mi propia historia. Muchas veces nos preguntan: ¿por qué estudias filosofía? Y la respuesta muchas veces puede ser algo así como: “no tengo ni idea, pero no estudiaría ninguna otra cosa”, o al menos mi respuesta suele ser esa. No termino de entender por qué preferí la filosofía a otras muchas carreras, y tampoco termino de entender por qué no la he dejado ya, lo único que sé es que no estudiaría ninguna otra cosa. No creo que ninguno tuviésemos en mente alcanzar la verdad absoluta al terminar la carrera, puede que alguno sí, pero no es mi caso. Es posible que yo no tenga vocación de filósofo, pero no cambiaría la filosofía por ninguna otra carrera… (Quizás eso sea tener vocación de filósofo). Me pueden decir que estoy perdiendo el tiempo, pero yo no creo que sea así ¿Por qué? No puedo explicarlo, sencillamente lo sé.

No hace muchos días comentábamos algunos estudiantes de filosofía que detrás de todos nosotros parece haber alguna historia especialmente peculiar; como me decía uno de ellos: “algo de rarito sí que tenemos”. Para empezar, el que haya tan pocos estudiantes de filosofía ya dice algo. A la filosofía se pasa gente de todas las carreras posibles, desde historia, pasando por biología, hasta arquitectura. Digamos que si todas las carreras se pueden situar en una línea, cuyos extremos son lo puramente científico y lo puramente humanista, la filosofía no parece tener un puesto claro en dicha línea. ¿La filosofía es una ciencia… es lógica? ¿O por el contrario sus problemas deben ser los referentes a nuestra humanidad? Los problemas de la filosofía son los problemas de cualquier persona, así sea ingeniero industrial, barrendero o esté en el paro. Y es por eso por lo que creo que no hace falta ser licenciado en filosofía para ser filósofo. Personalmente no me considero más filósofo ahora que en segundo de bachillerato, ni tampoco seré más filósofo el día después de graduarme que el día anterior. De alguna forma la filosofía va estrechamente vinculada a la vida de cada uno, y por eso afirmo con los pragmatistas que la filosofía no es un ejercicio académico.

Para ser ingeniero necesitas un título, un documento que asegure que tienes los conocimientos necesarios y que por tanto se te puede considerar ingeniero, pero no debería ser exactamente igual con la filosofía. Efectivamente se puede dar el caso de una persona sepa muchísimo sobre lo que han dicho todos los filósofos de la historia, que los comprenda a todos incluso, pero de qué te sirve eso… En mi opinión eso no es ser filósofo, ser filósofo no es un título ni una acumulación de conocimientos, ser filósofo es una actitud, concretamente una actitud de búsqueda, y por eso cualquiera puede ser filósofo sin necesidad de pasar por una universidad. La universidad, tal y como yo la veo, es una ayuda, un apoyo; es una parte del camino en la que se va a fortalecer una faceta de mi vida: la filosofía. La universidad me va ayudar a hacerme buenas preguntas y a darme también múltiples respuestas. Pero la filosofía es algo que va mucho más allá de la universidad. El día que salga del mundo universitario no habrá pasado nada; sin embargo, moriré como filósofo el día que deje de buscar respuestas.

Yo creo que escogemos filosofía sin saber muy bien por qué, sin saber muy bien lo que estamos haciendo, pero también creo que nosotros, como el escritor que aprende de su propia historia, sin darnos cuenta estamos aprendiendo mil y una cosas que nos servirán, no para conseguir un buen trabajo, sino quizás para otras cosas, sin duda mucho más importantes que el trabajo.