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miércoles, 21 de agosto de 2013

Vacíos y horizontes

Descubro, cada vez más a menudo, que en lo profundo del corazón humano hay un deseo insaciable, un deseo de infinito. ¿Cómo podría, si no, enfrentarse a la vida? ¿A caso le basta permanecer sentado en el sofá del salón mientras el ventilador da vueltas sin cesar? No, no le basta.  Desde lo mas profundo de sí, anhela el mundo exterior, anhela esa realidad que está tras la ventana, quiere tocar con sus manos los colores del universo. Por eso se levanta, mañana tras mañana, buscando el Sol, sediento de vida, de mundo, de algo...

Pero ¿Por qué se pierde entre estos bosques y praderas?  Se adentra en ellos creyendo haber encontrado el jardin del Edén. Viéndose bajo las frondosas copas de los árboles, da un paso bajo la sombra y otro bajo la luz dorada del dia, se emborracha de mundo sin darse cuenta de que su alma anhela un horizonte que está más allá. Tiene un deseo que ni las montañas ni los mares pueden saciar, porque el vacío que tiene dentro no es un vacío de este mundo. Porque al hombre le falta Dios, y sólo Dios puede llenarlo.

jueves, 18 de julio de 2013

El arte mayor

"El arte de la conversación es el arte mayor. Los que gustan brillar en él no entienden nada. Hablar de verdad, es amar, y amar de verdad, no es brillar, es arder"
Christian Bobin


Estas palabras han sido como una bofetada, pero de esas suaves, que no hacen daño pero que humillan. A mí me gustan las buenas conversaciones, quizás alguna vez haya querido brillar en alguna (más que quizás, probablemente, y más que alguna, algunas) Quizás incluso me haya jactado de ser un gran conversador, no ante el publico mortal claro, pero sí ante el publico fiel: uno mismo y Dios. Y caen estas palabras de Bobin ante mis ojos, tan verdaderas y sabias que no pueden sino detenerme y hacerme pensar ¿Hablo de verdad, o simplemente parloteo? ¿Busco brillar, o ardo?

miércoles, 26 de junio de 2013

De ida

Se estuvo cuatro años de su vida comprando billetes de ida-y-vuelta, y cuando llegó el momento le cogió por sorpresa y se vio obligado a rectificar, "no, perdón, sólo de ida". Su cara ya le era familiar a la chica que vendía los billetes tras ese cristal de seguridad. Aunque decenas y decenas de personas pasaban por ahí a diario para comprar sus billetes, él no era uno más, había sido fiel con sus dos o tres billetes "de ida y vuelta" cada año. Eso, en una estación de autobuses de largo recorrido, hace que uno sea especial.

Llegó la definitiva hora de despedirse de aquella estación ¿Qué se le va a hacer? las despedidas llegan, unas más silenciosas, otras con más ruido, entre lágrimas, risas, o gestos serios, más calidas o más frías, una despedida es una despedida, y siempre deja huella. No puede comprarse un billete sólo "de ida" y hacer como si no pasara nada.

Sin embargo, los billetes sin vuelta tienen su encanto particular. Si las miradas atrás y los recuerdos no nos encierran en el pasado, y nos atrevemos a subir a ese autobús, podremos disfrutar de un maravilloso viaje hacia el futuro, que, posiblemente, nos brinde estaciones tan grandes como de la que partimos. Quizás mejores. Reconozco que no soy experto en los billetes "de ida", a penas habré cogido dos o tres; pero ya digo que tienen su encanto. Empezar algo nuevo, llegar a una estación desconocida, con sus propios pasillos, cafeterías, puntos de información y de ventas, sus trabajadores... igual pero distinta a otras estaciones. Se pueden conocer centenares de ellas, pero nunca se conocen todas, y cuando se llega a una nueva, nuestra mirada vuelve a ser la del niño que busca el camino, batiendo con la mirada esas señales universales que nos indican por dónde ir, "salida", "metro"... Da igual cuantos años se tengan, bajarse en una nueva parada es continuar la vida, pero es comenzar una estación. Sí, hay que hacerse a ella, pero reconozcámoslo, es emocionante, llegar a una nueva estación de autobuses nos hace ser un poco Indiana Jones descubriendo nuevos caminos.

De todas formas, por mucho encanto que tengan los billetes "de ida", no hay por qué cerrar la puerta y tirar la llave. Siempre queda la posibilidad de guardarse en el bolsillo uno de esos billetes de "vuelta abierta".

miércoles, 8 de mayo de 2013

¿Tienes?

¿Lo tienes? Quizás, no lo sé. Cuando lo tienes lo sabes, es un "plus" en... no ¡¿qué digo?! es la vida ¿O a caso cabe vida sin él? Es el corazón que late sangre a cada rincón de tus días, que hace que no sean puro tiempo, horas vacías, dias huecos; es el horizonte al que mirar, siempre allí, es la lluvia que empapa cada milla del camino. Es unguento para los pies cansados, calzado para los sanos. Es respuesta a todas las preguntas, y esperanza de una respuesta mejor, eso, es esperanza... cierta. Es el despertarse cada mañana y el acostarse por la noche ¿Lo tienes? ¿Despiertas por las mañanas o sólo saltas de sueño en sueño?

miércoles, 13 de marzo de 2013

Libertad y ositos de peluche

Una de las grandes preguntas... ¿por qué libres? Si Dios existe y nos ha creado, ¿por qué nos ha creado libres? ¿Por qué capaces de no hacerle caso? Nos podía haber hecho tal y como somos pero sin la posibilidad de cagarla, sin la posibilidad de hacer daño a los demás, de desobedecerle a Él, e incluso de hacernos daño a nosotros mismos con nuestras propias acciones. ¿Por qué libres? ¿Acaso no podemos ser felices sin necesidad de pasar por esto? Nos podría haber puesto en el Edén directamente, pero sin haber plantado el dichoso árbol del fruto prohibido…

No sé hasta qué punto se puede llegar a comprender esto siguiendo un proceso puramente lógico, sin embargo, una explicación que me parece válida es que lo ha hecho por amor, porque nos ama y nos hace capaces de amar ¿y se puede amar sin ser libre? Siempre que hablo sobre esto me acuerdo del mismo ejemplo: tienes dos chicas delante, una te quiere porque está “programada” para ello, y la otra también, pero sin estar programada, (los motivos entonces son mucho más misteriosos) está claro, ¿a quién prefieres? ¿Quién te ama realmente? Leí en un libro de Pablo Domínguez una explicación de esto, y es que Dios no quiso hacer ositos de peluche que si lo tiras al suelo o les abrazas no les importa, sino seres humanos con sentimientos y capaces de amar y sufrir por amor, tal y como Dios lo hace. Y de nuevo ¿es posible esto sin libertad?

La cuestión es muy complicada, y pienso a veces que el misterio de la libertad es uno de esos MISTERIOS que desde nuestra condición de criaturas imperfectas no podemos llegar a comprender. Pero lo del Amor tiene mucho sentido. Y pienso… amor… Dios nos ama así, nos ha hecho a imagen suya y nos ama; Él es libre y se ha enamorado de nosotros como seres libres. No es que Él un día haya dicho “voy a crear algo, a ver qué le pongo… sí, brazos… ojos… sentimientos y sufrimientos… y ¡ah, sí! les haré libres también”. No, se supone que antes de crearnos ya nos “vio” como seres a imagen suya y eso implica ser libres y ser capaces de amar libremente. No nos podría haber creado exactamente iguales a como somos pero sin la libertad, pues de un ser así él no se enamoró, sería una criatura demasiado diferente a Él mismo, demasiado… poco divina, demasiado imperfecta. Reconocedlo, alguna vez habeis pensado "¡vaya chusma de libertad! preferiría no ser libre y simplemente gozar del Bien Supremo" (vale, es posible que no lo hayais pensado con estas palabras). Pero hay algo de perfecto en la libertad; los animales nunca fallan, no cometen errores porque tampoco pueden no cometerlos, como tampoco un ordenador puede cometer una inmoralidad, realmente un ordenador no puede fallarme, como sí que puede hacerlo un amigo. Un ordenador no puede no hacerme caso por mi bien, un amigo sí, puede ignorarme, pegarme, echarme la bronca, y en fin, un centenar de cosas desagradables porque sabe que me van a venir bien. Y me estoy desviando.

Dios se enamoró de seres libres, y nos creó precisamente por Amor, con todo lo que eso implica, es decir, nos creó libres, necesariamente libres. Juan, María, Alberto… no existen más que siendo libres, sin su libertad serían individuo J, individuo M, individuo A... Al fin y al cabo tenemos nombre propio porque somos libres. Somos seres esencialmente libres, e incluso casi podría decirse que somos libertades esencialmente humanas. En realidad no sé qué significa todo esto, pero intuyo que es algo muy hermoso.

sábado, 4 de agosto de 2012

Libre albedrío y bocatas de chorizo

"Tú, como católico, no debes creer en la libertad". No sé si con esa frase buscabas realmente la verdad o si era tan solo una tentativa para provocar mi respuesta. Dejando de lado cualquier tipo de ironía o pregunta retórica, he de decir que ciertamente lamento que cuchillo tal no hubiera volado antes; pues la conversación no tuvo la oportunidad de prolongarse demasiado.

El argumento, si no lo entendí mal, es el siguiente: los católicos creemos en Dios, que entre otras muchas cosas es omnisciente, es decir, que tal y como lo define la RAE posee "conocimiento de todas las cosas reales y posibles". Comúnmente decimos que Dios lo sabe todo, lo que significa que sabe qué decisiones voy a tomar, pongamos por ejemplo que sabe si yo hoy voy a merendar un bocadillo de chorizo o si lo voy a tomar de jamón y queso. Suponiendo que yo sólo voy a tomar un bocadillo (una suposición claramente precipitada), o bien lo tomaré de chorizo o bien de jamón y queso, pero no los dos (ni a la vez ni uno después de otro). La cuestión es la siguiente, si yo finalmente decido tomar el de chorizo, Dios ha sabido desde la eternidad de las eternidades en que vive que yo iba a decantarme finalmente por el chorizo. Por tanto Dios, antes de que yo eligiera, sabía que iba a elegir el chorizo, y por tanto yo no podría haber elegido otra cosa que no fuera el chorizo, y por tanto mi acción estaba determinada. Conclusión, no soy libre.

Si en algo he formulado mal el argumento pido que se me corrija. Si lo he formulado bien seguiré con lo que creo que puede ser una respuesta.

Empezaré con una pequeña paradoja: a Dios no nos atrevemos a quietarle la libertad de entre sus propiedades, y de hecho diríamos que Dios es sumamente libre, pues si Dios está obligado a hacer algo entonces no es Dios. Bajo la hipótesis de que el Ser Absoluto exista, ha de ser necesariamente libre. Entonces tenemos a Dios, que es libre y además omnisciente, siguiendo en la misma vía del argumento anterior, Dios sabría qué cosas va a hacer antes de hacerlas y por tanto no sería libre, pero Dios ha de ser libre... paradoja.

Me atreveré a decir, como a mi amigo Gabriel le gusta decir, que "¡las paradojas no existen!", lo cual es una pena porque no hace mucho tiempo me consagré como buscador de paradojas. Me temo que mi propia exclamación me deja en el paro. En cualquier caso diré por qué creo que realmente no es una paradoja lo que he argumentado en el párrafo anterior.

Estamos dando por hecho que el conocimiento de un hecho concreto es lo que lo determina, pero es en todo caso al revés, son los hechos los que determinan nuestro conocimiento. Intentaré explicarme, aunque ciertamente no me veo muy capaz. Si nosotros conocemos, conocemos cosas, es decir, que no existe el conocimiento a secas, sino que el conocimiento es siempre sobre algo, es lo que a muchos filósofos les gusta llamar "intencionalidad del conocimiento". Tenemos por tanto dos cosas, el CONOCIMIENTO de algo por un lado y por otro el ALGO conocido. Supongamos que dentro del "algo" introducimos la acción de alguien, de esta manera lo que tenemos es el CONOCIMIENTO de una acción y la ACCIÓN conocida. Tenemos por tanto dos cosas diferentes, la acción y el conocimiento (respectivamente, tomarme el bocata de chorizo y el hecho de que Dios sepa que yo lo voy a tomar).

Puede existir ALGO sin CONOCIMIENTO, pero no puede haber CONOCIMIENTO sin ALGO. Aunque no lo parezca, a esto me refería al decir que no es el conocimiento el que determina los hechos concretos sino los hechos los que determinan el conocimiento. Existen dos planos diferentes, el de la realidad (el de los "algos", el de las acciones, el de los hechos concretos) y el del conocimiento que versa sobre ese otro plano que es la realidad.

Si la libertad existe, en principio lo colocaríamos en el plano de la realidad, concretamente en el de las acciones, las acciones serán o no libres completamente al margen de qué conocimientos existan en el universo. Me da igual que un científico descubra ahora los agujeros de conejo y gracias a ellos pueda ver el futuro y pueda, al igual que Dios, saber si voy a comer chorizo o jamón y queso, mi elección no deja de ser libre por ello, (Además algo así no lo creo posible), ese científico sabrá lo que yo he elegido, pero eso no me niega la elección, ese científico no me roba la libertad por el mero hecho de conocer. Enhorabuena por él, pero él no ha tenido nada que ver en mi decisión de elegir el bocata más jugoso y grasiento de los dos. Si mi libertad existe, entonces tiene que ver conmigo y no con nadie más. Más a tener en cuenta si hablamos de Dios, que es quien nos ha dado la libertad y es quien pretende respetarla hasta sus últimas consecuencias. Sé que suena fuerte, pero lo creo verdadero, Dios no puede, o más bien no quiere, quitarnos la libertad, lo que no impide que Él siga siendo omnisciente y tenga completo conocimiento de esas elecciones que hemos elaborado desde nuestra completa libertad. Gracias a Dios una cosa no quita la otra.

"Pero en cierta medida estás determinado", creo que me dijiste. Yo creo que no, lo que estoy es conocido, completamente conocido por Dios, más conocido por Dios que por mí mismo, pero no determinado, son cosas diferentes. El conocimiento de Dios no determina mi acción, sino al revés, (Perdonadme si esto es herejía) mi acción determina el conocimiento de Dios. Si yo hubiera elegido el jamón y queso, entonces Él conocería esa elección desde la eternidad.

Es señal de que una persona no entiende bien algo cuando necesita escribir mucho para explicarlo, así que creo que queda científicamente demostrado que no termino de entender lo que he intentado explicar. Mi intención es siempre acercarme un poco más a la verdad y acercar a otros en la medida de lo posible; me conformo con que esta entrada haga pensar al lector sobre estos temas y que por medio de su propio razonamiento y de la Gracia de Dios pueda acercarse él mismo a la verdad y, si no es muy egoísta con sus posesiones, que comparta conmigo sus descubrimientos.

Quién me iba a decir que de tanto escribir al final no merendaría, se me ha hecho tarde, y creo que ya me espero a la cena. Al final ni bocata de chorizo ni bocata de jamón y queso. ¿Sabría Dios que al final sucedería esto? Finalmente, después de estas mil palabras, me he quedado tanto sin una argumentación sólida como sin una merienda igualmente sólida. Creo que voy entendiendo por qué muchos piensan que la filosofía no sirve para nada.

martes, 31 de julio de 2012

Una vela encendida


Fui creciendo entre las calles de este mundo, bajo las luces de este mundo, donde nunca oscurece, donde se oculta la noche bajo farolas amarillas. Se trata de un lugar construido con mucho esfuerzo, a lo largo de mucho tiempo; ha sobrevivido a la furia de catástrofes naturales y a la metralla de grandes guerras, es un mundo de hombres construido por hombres con sus propias manos. Un mundo de grandes avances científicos, donde el bienestar nos abraza a todos. Un lugar y un tiempo en que todo lo podemos esperar de la ciencia, pues la ciencia ficción se ha convertido en ciencia realidad.

Dicen que el siglo de las luces ya pasó, pero lo que yo creo es que, en occidente, vivimos aún en el mundo de las luces. Es fácil verlo desde un avión que vuela sobre Europa o Estados Unidos durante la noche; es de noche, pero en las ciudades hay más luz que oscuridad. Y esto pasa en el “macro-nivel” de las ciudades,
pero también en el “micro-nivel”, es decir, en nuestras casas. Apagad las luces de toda la casa y comprobad, a pesar de todo, cuántas luces siguen encendidas: relojes, despertadores, DVDs, regletas, móviles… Las tormentas que ha habido por aquí estos días me lo han recordado, el apagón de los alrededores me iluminó esta idea: Vivimos en el mundo de las luces.

Y en este mundo de las luces educamos al hombre diciéndole que él es la gran luz que puede iluminar al resto, la luz que no necesita de otras luces, independiente y autosuficiente. Eres completamente libre, completamente poderoso, completamente necesario; eres dios.

Desde pequeños te enseñan a soñar contigo mismo, con tu futuro; se te ofrecen cientos de alternativas y se te da a elegir entre ellas, nadie te obliga a nada, sólo tú eres quien puede y debe decidir, sin trabas. Nadie es quién para decirte qué debes hacer, ni cuando hacerlo ni cómo. Es un mundo que te ofrece libertad. Tú, amigo, eres el protagonista de tu propia historia, tú eres el escritor, tú eres el editor. Si tu historia llega a ser interesante muchos querrán servirte, trabajarán para ti, te venderán y llevarán más lejos, podrás incluso llegar hasta los últimos rincones de la tierra; llenarás escenarios y acapararás conferencias.

Construir un imperio no es ningún juego de niños, puedes construir el imperio de tu propia vida donde, evidentemente, tú eres el emperador; eres el dueño de tu propia vida y eso te convierte en el dueño del mundo.

Sin embargo, el hombre siempre ha temido una cosa, la oscuridad. Es tal el progreso, que cree haberla derrotado. No sé si engañado o simplemente ingenuo, el hombre cree que la oscuridad es ausencia de fotones, y cree vencerla al encender una bombilla. Pero no es la oscuridad más temida aquella que huye cuando las lámparas se encienden; no, la verdadera oscuridad ataca en la soledad, y no le importa que sea día o noche. La verdadera oscuridad, según creo, es la que reina en el mundo actual, es la de los hombres que, en su ceguera, creen ver mejor que nadie. Craso error creer que hemos desterrado la oscuridad más allá de nuestras fronteras de la ciencia. Y error fatal el del hombre que ha creído ser la luz del mundo. Más sabio es aquél ciego de la película “Bella” cuando, en su trozo de cartón, escribió: “Dios me cerró los ojos, ahora puedo ver”.

La humanidad necesita luz, y no me refiero a un nuevo flexo de bajo consumo; lo que necesita es quedar ciega, para poder ver la verdadera luz, que no brilla ahí fuera, sino aquí dentro. Por eso me gusta de vez en cuando una buena tormenta que provoque unos cuantos apagones, porque todas las luces se muestran en su verdadera naturaleza, las artificiales mueren, las reales prevalecen. Aún estoy esperando la gran tormenta que provoque el apagón de occidente.

No sé cuánta vida les queda a las luces de este mundo, pero sí sé una cosa, esas luces son, como nosotros, mortales. Ayer entré en una capilla, estaba prácticamente a oscuras, sin embargo, había una vela encendida…

jueves, 19 de julio de 2012

Epektasis

Venga hombre ¿me vas a decir que no crees? Quizás no lo digas en voz alta, pero lo sabes, tus labios lo niegan, pero es porque tienes el corazón amordazado, si lo dejases libre lo gritaría a los cuatro vientos. Tus anhelos son tan altos que nada los satisface. Música, poesía, ciencia, drogas... adicciones vanas, parches inútiles para un sentimiento que lo supera todo. Quieres razones y no te das cuenta de que la mayor razón, la mayor prueba, es que en realidad no puedes negarlo. El miedo te paraliza, te impide ser feliz, pero basta reconocerlo. Él está gritando y solo hay que quitarse las manos de los ojos y destaparse los oídos. ¿Te has parado a escuchar? ¿A palpar? ¿A oler? Lo sé, lo conozco, esa sensación de querer salir sin saberlo, esa sensación de estar solo. Todo tu entorno te lo está gritando, ábrele las puertas que Él te puede cambiar la vida, te puede dar una nueva. Si quieres niégamelo, pero al menos reconócelo en tu soledad, necesitas a Dios, y Él te necesita a ti.

martes, 19 de junio de 2012

Caminemos

Caminemos ¿Por qué no? Caminemos… lancémonos, si no hay nada más que hacer, si Dios me ha dado estos dos pies y un camino bajo ellos, y una dirección, y una meta. Caminemos. No sé nada de lo que me espera, no sé qué comeré o beberé, no sé ni siquiera si tendré algo que comer y beber, no sé dónde dormiré.
Pero ¿Quién sabe? Pocos saben en realidad lo que les espera, muchos creen saber, creen tenerlo todo controlado, tener controlada la vida, su vida… mentira, ensoñación, ilusión… Controlamos muchas cosas, pero son cosas pequeñas, tormentas, terremotos, volcanes; controlamos átomos y moléculas; somos los señores de la electricidad. Rascacielos, aviones y satélites; conocemos el movimiento de los astros, las mareas del mar y los vientos de los cuatro puntos cardinales. Sí, y podríamos seguir largo rato y escribir una larga lista. No son más que pequeñeces. ¿Quién puede siquiera controlar su vida? Eso es grande, y ¿qué humano puede hacer tal cosa?

Todo el mundo creado por los hombres no durará más que los mismos hombres que lo construyeron. Sus edificios y carreteras, todo caerá con ellos. ¿Qué les queda entonces? Nada que ellos hayan ingeniado y creado. Tan solo les quedará mirar a lo que ya tenían desde el principio, sus pies y el camino bajo ellos. Su vida y sus decisiones en ella, vivirla o renunciar.

Preguntadme “¿De qué sirve vivir?” Y yo respondería “¿De qué sirve morir?” Morir moriremos queramos o no, da igual lo que decidamos, la elección sobre la muerte no nos corresponde. Pero la de la vida sí, podemos elegir vivir, o, siendo más humildes, podemos elegir intentarlo. He oído a Martín Valverde decir “todos los hombres se mueren, no todos los hombres viven”. Caminemos hacia la única meta que merece la pena, Dios. Y caminemos con esperanza, que Él no duerme, que Él –según dicen, y yo lo creo- nos espera, y lo hace con más ganas que nosotros mismos.

Este domingo pasado, una persona de unos trece o catorce años me dijo cuál era su lema de vida: “que cuando muera voy a ir al cielo”. Con esa convicción… caminemos, ¿qué hay que temer?

miércoles, 6 de junio de 2012

Efecto hormiga

Que muchas veces no le ves nada bueno a tu vida, que miras a tu alrededor y sólo ves desgracias, que la tristeza muchas veces te gana la partida, que quieres vencerla pero ni sabes cómo hacerlo, que quieres superar los baches, que quieres, en lo más hondo de tu ser, levantarte. Eso lo sé, ¿y sabes? Lo comprendo y lo comparto. Pero cuánto daño nos hace gritar nuestras desgracias a los cuatro vientos, y cuánto daño nos hace repetírnoslas a nosotros mismos. ¿Sabes? Creo… creo que ese es gran parte del problema, que nos concentramos en lo malo, que nos obsesionamos con “salir del agujero”, incluso los que rezamos lo hacemos para que Dios nos saque del hoyo. A mí me pasa, que lo que hago es literalmente hacerle una lista de cómo tiene que hacerme, de qué tiene que quitarme y qué tiene que darme; le doy las instrucciones para que me vuelva a crear, porque parece ser que Él me hizo mal en un principio.

Creo que esa dinámica en la que sólo nos centramos en lo negativo nos reduce a eso, a lo negativo, y nos olvidamos de todo lo demás. Es una especie de retroalimentación del pesimismo. Pero resulta que en la realidad hay muchas más cosas buenas que malas, si pudiéramos ver la realidad con los ojos de Dios, aunque sólo fuera por un instante, lloraríamos como nunca lo hemos hecho en nuestra vida, y no de pena, sino de pura felicidad; si pudiéramos vernos a nosotros mismos como nos ve Dios, entenderíamos por qué existimos. Pero aunque nosotros no podamos poner nuestra visión en “modo Dios” para ver igual que ve Él, sí existe una cosa que es el “efecto gracias”.

Todos tenemos algo por lo que dar gracias a Dios, y el simple hecho de buscar un acontecimiento concreto o una persona en nuestra vida y dar gracias de corazón por ello hace que suceda como con las hormigas, que al principio no ves ninguna, pero cuando consigues localizar una aparecen centenares de ellas por todos lados, y te puedes estar un rato largo dando gracias a Dios. Pero el “efecto gracias” no se queda en eso, no significa simplemente que encuentres muchas cosas que agradecer a Dios, sino que a cada “gracias” te va gustando más decir “gracias” y buscas un nuevo motivo por el que agradecer, y así descubres que toda tu vida, entera enterita, es un motivo para dar gracias.

¿Sabes? Creo que el “efecto gracias” se asemeja un poco al “modo Dios”.

miércoles, 4 de abril de 2012

Feliz, pero...

Marta es la hermana de uno de mis compañeros de piso, hace 1º de bachillerato, y me ha permitido que publique aquí una reflexión suya. Los amigos de Joseph son... bueno, dejo que lo cuente ella:

"los amigos de Joseph es un grupo que surgió cuando a principio de curso la profesora de historia propuso ir al Escorial a verlo por dentro (era en sábado y fuimos sólo 12) pero la guía nos felicito por nuestro interés y por nuestro buen comportamiento, etc. Entonces después de comer y charlar el director, que fue con nosotros, dijo que deberíamos seguir manteniendo ese ambiente que teníamos y propuso que quedásemos el martes siguiente en la cafetería del cole y fuimos unos cuantos y lo que hacemos es quedar los martes a comer y leer y comentar discursos que nos da el papa a los jóvenes principalmente y bueno en general nos ayudamos a eso a comernos el mundo!!"

El caso es que, aunque no os lo creais, un grupo de indeseables les empezó a llamar "la secta de Kiko" (Kiko es como se llama su director), y eso no les gustó demasiado y reaccionaron: "Entonces acordamos escribir una reflexión de lo que habíamos vivido en este curso, lo que nos habíamos ayudado por así decirlo". Creo que su reflexión me gusta, entre otras cosas, porque está escrita con el sentido común que tanta falta hace en el mundo intelectual. Aquí os la dejo:

"La verdad es que en mi otro colegio yo no era capaz de dar la cara por Cristo (bueno en 4º de la ESO comenzó a cambiar todo), pero anteriormente sólo daba la cara en lo esencial, porque a pesar de ser un colegio de monjas los alumnos no eran muy cristianos que digamos; sí que se habían bautizado, hecho la comunión e incluso se confirmaban pero no vivían cristianamente. Este año la experiencia que he vivido (de momento) me ha hecho dar un cambio tan radical. Antes, sí, era católica, practicante e incluso iba a un club del Opus Dei, pero eso no significa nada, yo amaba a Cristo igual que ahora pero no me sentía igual, ahora soy diferente interiormente, es difícil de explicar, es algo que me llena y que quiero dar a conocer; una alegría que quiero que todo el mundo que está a mi alrededor descubra que es lo que me hace estar tan feliz. Tampoco hemos de estar todo el rato hablando de Dios y de nuestras batallitas, porque eso puede alejar en vez de acercar sino que la mejor forma de hacerles abrir los ojos es con el propio ejemplo (aunque a veces ser católico y dar ejemplo sea difícil, pero cada obra de amor llevada a cabo con todo el corazón, siempre logrará acercar a la gente a Dios (Madre Teresa de Calcuta)). Hay algunos que solamente necesitan un empujón, u otros que lo ven pero no quieren arriesgarse, no vaya a ser que les guste.

El otro día hablando con una amiga me dijo que estaba más feliz y contenta que nunca y me dijo: pero aun así, siento como que me falta algo. Era más feliz que nunca y sabía que la faltaba algo, yo creo que ella sabía lo que era pero no se quiere arriesgar y no sé cómo hacer que quiera intentarlo, quiero que experimenten lo que yo he vivido, quiero que encuentren lo que buscan porque si les preguntamos ¿qué es lo que buscas? muchos dirán ser feliz, pero si les preguntamos que si son felices, dirán que sí y entonces ¿por qué buscamos ser felices si ya lo somos? Porque como decía esta amiga mía, es muy feliz pero la falta algo.
Y gracias a que ciertas personas nos ayudan a "comernos el mundo" (como dijo Nacho L), yo ahora; sí, sigo siendo Marta, pero el año pasado era Marta y me involucraba lo suficiente, no más. Ahora gracias a las personas que me rodean (del CEU y de fuera del CEU) cada vez que le pego un mordisquito al mundo, tengo ganas de más, a pesar de haber cosas que se interpongan en mi camino, pero esto no hace que disminuyan mis ganas de "vivir", mis ganas de "comerme el mundo" y sobre todo de demostrarles a los demás que todo es posible, que el mundo no se acaba por tener exámenes, por suspender, por que se te muera un ser querido, la vida continua y esa fuerza que me hace ser constante y que me mueve y me hace estar feliz solo tiene un nombre y es Dios. Como dijo Juan Pablo II: En realidad, es a Jesús a quien buscamos cuando soñamos con la felicidad; es Él quien nos espera cuando no nos satisface nada de lo que encontramos; es Él la belleza que tanto nos atrae...

Me da un poco de rabia porque me gustaría decirle a todo el mundo lo que se pierden, pero prefiero que con el ejemplo vayan pensando y abriendo los ojos así hasta que lo vean. Pero hay otros que se tapan los ojos y no quieren saber nada de nada, y aquí llega el reto de cada día, no se les puede quitar la venda de los ojos directamente porque pueden deslumbrarse, pero es mi deber como católica dar testimonio de mi fe, y si se dejan, mostrarles lo que yo he vivido y que quiero que ellos vivan, porque quiero que sean tan felices o más que yo.

Yo gracias a Dios, he tenido la suerte de toparme con personas que me han ayudado mucho en este camino y a pesar de cambiarme de colegio sigo topándome con ese tipo de personas.

Para todo esto siempre es necesario que alguien nos ayude como en los "Amigos de Joseph" en donde nos ayudamos y Joseph nos ayuda en todo y más.

Finalizo con una frase que resume más o menos el texto es una frase del escudo del Liverpool F.C que cuando la leí me sorprendió:


"You´ll never walk alone"
Nunca caminarás solo."

lunes, 26 de marzo de 2012

Perfección matemática

La semana pasada estuve con unos amigos en Madrid y no me pregunteis cómo acabamos hablando de matemáticas, o mejor dicho, filosofía de las matemáticas. Últimamente he estado dándole vueltas a algunas preguntas sobre este tema (Quizás el hecho de que tenga una asignatura que sea filosofía de las matemáticas tiene algo que ver). El caso es que uno de ellos, que estudia precisamente la carrera de matemáticas (¡Hola Jesu!) dijo algo así como: "el mundo matemático es perfecto, es la realidad la imperfecta".

Estábamos pensando en la idea de rueda, por ejemplo, en la realidad material no existen ruedas perfectas, todas tienen alguna imperfección, no son exactamente circulares, aunque apenas se pueda apreciar con la vista. Además, todas las ruedas al final se paran o vuelcan. La "rueda perfecta", la rueda matemática no tendría ningún problema, y por eso dijo que el mundo matemático es perfecto y la realidad no.

Pero esto, al pensarlo luego, me ha traido a la mente un ejemplo que usa Kant. Si no me aquivoco él nos pone delante una paloma que va volando por los cielos, luchando contra la resistencia del aire; entonces la paloma piensa: "Qué fácil me sería volar si no existiera este molesto viento que se me resiste y me impide avanzar como yo quisiera". Pero la paloma no se da cuenta de que ese viento que le ofrece tanta resistencia es precisamente el que le permite volar.

¿Es el mundo matemático perfecto por tener números, rectas y esferas perfectas? Bueno, yo diría que no. Las matemáticas tienen otros muchos problemas que las hacen más imperfectas que este mundo en que vivimos: no pueden moverse, no pueden pensar y mucho menos querer, de hecho, no pueden hacer nada, de hecho, somos nosotros los que las usamos para hacer lo que queremos. No, este mundo defectuoso es, sin duda, mucho más perfecto que ese mundo numérico.

jueves, 23 de febrero de 2012

Ajedrez mental

 A los españoles nos unen muchas características distintas, pero una de las más genuinas es la facilidad que tenemos para arreglar los problemas del mundo desde la terraza del bar. Un par de cañas y unas bravas son ingredientes suficientes para que el español medio se lance sin complejos a arreglar todas esas averías del mundo que ni intelectuales ni políticos han sido capaces de ver.

De todas las conversaciones que se pueden dar entre rondas, hay dos especialmente interesantes. Una es la ya mencionada conversación “arregla-lo-todo”. En ella los participantes están aliados contra el mundo y en una perfecta compenetración (que ya quisieran muchos equipos de futbol) se quejan contra una causa común, y, entre queja y queja, exponen las tan evidentes soluciones para el problema en cuestión. El segundo tipo de conversación y el que, a mi parecer, es más interesante, es aquél en el que los participantes no constituyen miembros de un mismo equipo, sino que se trata más bien de un mano a mano, de un uno contra uno en el que no cabe empate posible. Es lo que una buena amiga llamaría un “ajedrez mental”, en el que no se trata de llegar a acuerdos, se trata de ganar.

Lo que en teoría es una conversación en la que se intenta enterrar la mentira para sacar a la luz la verdad, no es más (y esto es sabiduría popular) que una dura competición en la que cada uno debe proteger a su rey e intentar derrotar al rey contrario en el menor tiempo posible. Como dice Jaime Nubiola “tal como se entiende en español o como se practica habitualmente entre los españoles la discusión es un combate en el que uno de los contendientes pretende más bien vencer que convencer a otro de algo”[1].

También es propio de la pasión hispana (y de un cierto amor a la pelea en cuanto a pelea) el querer vencer incluso cuando no se sabe por lo que se lucha. Más de una vez me ha pasado que, en medio de una encendida disputa, acabo por sorprenderme defendiendo una postura que no era mi postura inicial, una postura que, de hecho, no comparto. ¿Cómo es esto posible? Pues para empezar, porque llega un momento (y este momento llega inconscientemente) en el que ya no importa convencer al otro de alguna cuestión concreta, sino que la misión principal ha pasado a ser llevar la contraria al “oponente”. Diga lo que diga me opongo. Si en una conversación sobre la existencia o no existencia de Dios de repente el otro dijera que le gusta la ensalada mediterránea, estoy seguro de que yo saltaría descontrolado a defender que es mucho mejor, como todo el mundo sabe, la ensalada césar, para luego darme cuenta de que, en realidad, la mediterránea es más sabrosa.

Esto por un lado está bien, pero es fundamentalmente un problema. Estas discusiones no deberían ser un uno contra uno, sino un dos contra uno, dos personas contra un mismo enemigo, la mentira; y esta debería ser una ventaja suficiente para vencer, al menos en muchos de esos casos en los que, al estar los dos hombres enfrentados entre sí, le es más fácil a la mentira campar a uno y otro lado del campo de batalla. La conversación debe tener como meta común el alcanzar la verdad. Por tanto, y espero, Inma, que me perdones por lo que voy a decir, la conversación filosófica por excelencia no es el ajedrez mental.

Tendríamos, pues, que aceptar en estas discusiones la posibilidad de terminar en tablas. De hecho, diría yo, hay que asumir que la mayor parte de las veces va a acabar en tablas. Esto es difícil, hay que vencer el orgullo, hay que vencer los prejuicios y en algunas ocasiones es incluso necesario olvidarse de quién tenemos delante para escuchar simplemente sus palabras, y así poder escuchar la posible verdad que encierren. Para esto es bueno el consejo de Sto. Tomás: “No mires de quién lo oyes sino guarda en tu memoria todo lo que se diga de bueno”. Porque las verdades son verdades, las diga quien las diga.

Sin embargo, voy a dar un paso más. No es suficiente la buena voluntad en la conversación para mostrar la verdad al prójimo, porque las palabras muchas veces son incapaces de mostrar la verdad. Y digo “mostrar” porque las palabras podrán en cierta medida decir la verdad, pero no siempre mostrarla, esto es, hacer que el oyente vea la verdad o la comprenda. Puede escucharla, pero de escucharla a comprenderla, y lo que es más, a aceptarla, hay un gran salto.

Si la verdad es verdadera es porque está en todas las cosas, y si es así entonces no es sólo teoría, la verdad es fundamentalmente práctica. Las palabras son teoría, las obras, práctica, y como la verdad es de los dos tipos, se puede mostrar tanto con palabras como con obras. Muchas verdades se transmiten más cómoda y eficazmente mediante la palabra, pero la experiencia nos dice que las más existenciales, las que cambian nuestro modo de vivir y por tanto las más radicalmente humanas, esas verdades no se nos aparecen en forma de palabras sino en forma de obras.

Creo saber que la verdad fundamental es Dios, y si los evangelistas no se equivocaron al tomar apuntes, Dios es sobre todo Amor. Por eso afirma Juan Pablo II que la Verdad “no puede ser predicada y realizada de ningún otro modo más que amando”[2]. Por eso, en aquellas conversaciones de bar, la verdad que llevan consigo las palabras no se mide tanto en razonabilidad o comprensibilidad, sino en el amor con que son dedicadas a nuestro compañero.




[1] Jaime Nubiola. El taller de la filososfía. EUNSA, Navarra, 2006. P. 203


[2] Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza. 161

martes, 14 de febrero de 2012

Desde el corazón y la razón

No siempre se puede escribir desde el corazón. De hecho, lo más normal cuando alguien tenga que escribir una tesis, es que tenga que forzarse muchas veces a escribir sin que le apetezca lo más mínimo. No creo que esto sea negativo, al menos no del todo. En un principio lo idóneo me parece que todo lo que digamos, y por tanto todo lo que escribamos, nos salga directamente del corazón, pero no sé si existe persona sobre la tierra que pueda aguantar ese ritmo. Sobre todo si su vida profesional depende precisamente de las palabras.

A lo largo de la vida y de los caminos que cada uno recorre, vamos aprendiendo sobre los temas que nos interesan, aunque sólo sea porque pensamos sobre ellos; y lo perfecto sería dar un paso más y leer o escuchar a otras personas que hayan pensado sobre los mismos temas. Pero, en cualquier caso, vamos razonando sobre una serie de temas que nos interesan, y son esos temas sobre los que deberemos tratar en una tesis doctoral. Si nos interesan, entonces muchas veces podremos hablar de ellos desde el corazón, y sin duda nos saldrán palabras más apasionadas y capaces de atraer la atención de los oyentes. Pero no siempre será así, y es entonces cuando toca jugar ese as que guardamos en la manga, o mejor dicho, que guardamos en la mente. Todas esas divagaciones sobre un tema concreto cuando vas andando por la calle, o cuando estás en clase pero sencillamente no te apetece escuchar al profesor, o quizás durante esas dos o tres horas que has estado delante de un libro de Historia de la filosofía pero sin hacerle el más mínimo caso, todo ese tiempo no es tiempo perdido si lo has dedicado al razonamiento, has entrenado tu razón.

¿Por qué es bueno pensar? Y me refiero a pensar tú contigo mismo sin nadie que te moleste. Porque el corazón es capaz de correr muy rápido e incluso en buena dirección, pero creo que, si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que no siempre se caracteriza por la prudencia. Creo de verdad que es nuestro corazón el que, al final, es el que nos lleva a alcanzar las metas verdaderamente importantes, esas cimas que merecen la pena. Pero no podemos llegar a ellas sin aprender a dejarse guiar por la razón, si no frenamos nuestro corazón en determinadas ocasiones. Quien ha hablado conmigo sobre estos temas sabe muy bien que estoy convencido de que “el corazón tiene razones que la razón no entiende”, pero cuántas veces es más sabia la razón…

Para subir un monte de 2000 metros no hace falta tener pasión por el monte, cualquiera con un mínimo de forma física puede hacerlo. Pero un 8000… eso es otra cosa, hace falta, por encima de todo, pasión. Sí, es cierto, hace falta forma física, pero como diría cualquier filósofo, se trata de una condición sine qua non. Quien te hace llegar a la cima es el corazón.

Por lo mismo, creo que, si hay una parte en nosotros que nos lleva a terminar una tesis, esa es el corazón, pero siempre apoyada sobre la base de la razón. ¿Puede faltar alguna? No, quita una de ellas, y despídete de tu tesis, o en el caso de ser escalador, despídete de la cima a 8000 metros de altura. Jaime Nubiola usa una metáfora que nos puede ilustrar; aunque no la usa en este mismo sentido, todo tiene algo que ver: “El caballo de carreras necesita de riendas y estribos que, aunque parezcan limitar su creatividad, hacen posible que gane la carrera”[1]. La razón son las riendas del corazón.

A lo largo de los años que te estás dedicando a la escritura de la tesis, da mucho tiempo a tener “prontos” de todo tipo y gusto, el tema de la tesis será, de repente, el más aburrido de los temas que podías haber escogido, de hecho, la filosofía será la carrera más aburrida que podrías haber escogido, pueden aparecer pensamientos del estilo de: “tenía que haber hecho ingeniería y estar trabajando ya en inteligencia artificial”. Pero es un engaño, si usamos la razón nos daremos cuenta de que tenemos más razones para seguir y continuar con la tesis sobre lógica de primer orden.

Sin duda esto no solo se puede aplicar a la tesis doctoral o al Everest, me parece una norma de vida, me parece que así debe comportarse el ser humano en todos los ámbitos de su vida. Así fuimos creados, desde el corazón y desde la razón, y así, creo yo, debemos comportarnos.



jueves, 2 de febrero de 2012

Entre columpios

Los hombres somos personajes por naturaleza. Ningún hombre es realmente aburrido; en la gran novela de la vida no existen los malos personajes. No creo que un hombre, al mirar en su interior solo pueda encontrar un pequeño pozo de metro y medio de profundidad y vacío. Lo que le sucede a ese hombre no es que tenga un interior poco profundo, lo que le sucede es que tiene miopía profunda.

“O todo o nada: he aquí el hombre; o concupiscencia o gracia; o abismo que se colma con el objeto infinito, o vorágine que se espanta y absorbe; o paradoja viviente, que en vano se irrita y ensoberbece, o receptáculo de sublime verdad que somete al hombre y le hace rezar; o ignorancia de la propia condición de ser finito hecho para el infinito, o conciencia de sí como límite que infinitamente se sobrepasa. El hombre está hecho para escuchar a Dios o para la muerte eterna”. Así describió Pascal al hombre. Y si el hombre es tal, resulta imposible afirmar que dentro de nosotros no hay nada. Estamos, por lo menos y como mínimo, llenos de posibilidades; me atrevería a decir incluso “infinitas posibilidades”. Una vez oí que ya estaba escrito todo, que no quedaba nada nuevo por escribir. Si el hombre es como dice Pascal entonces todavía no se ha escrito casi nada.

¿Habéis visto algo más poéticamente triste que un parque de niños en una fría tarde de invierno? Las cadenas chirrían con el viento, y se balancean los columpios solitarios por encima de los charcos. Es tan penoso que hasta se le puede encontrar cierta belleza. Pasear por un lugar así a uno le entristece, pero también le detiene, le hace pararse un momento y observar la escena. Y creo que todos podríamos llegar a observar la poesía que se esconde entre los columpios. Una cierta belleza que se manifiesta en forma de nostalgia, o quizás como simple belleza estética.

¿Os habéis fijado en ese mismo parque en una buena mañana de verano? Quizás no haga que te detengas, quizás su belleza poética no sea tan patente, pero al pasar por ahí el estado de ánimo mejora inconscientemente. La multitud de niños y niñas gritan, ríen y lloran, a cada cual más alto; han llegado con sus padres y abuelos para dar vida al parque.

Los hombres somos tan contradictorios como esos parques, tristes y alegres, vivos y muertos, solitarios y acompañados, pero siempre escondemos tras nosotros el secreto de la poesía. Más allá de los columpios y más acá de nosotros mismos se esconde algo. Hay un cierto misterio insondable en la realidad. Tanto dentro como fuera de nosotros; nos topamos con ese gran misterio, ese sin-saber que se esconde en el alma humana.

La inmensidad está dentro y fuera de nosotros y no hace falta inventarse nada para escribir cosas bellas. La realidad ya de por sí es bella. Como dice Jaime Nubiola “La verdad es -¡debe ser!- divertida y puede ser presentada de modo que haga resplandecer su atractivo”[1]. Pero ¿cómo hacer esto? ¿Cómo captar esa verdad que todos intuimos pero que nadie termina de poseer? Y es más ¿Cómo hacer esa verdad atractiva? He preguntado a escritores novatos y me han respondido que lo que hay que tener para escribir es cabeza, es decir, inteligencia; otra me respondió que teniendo empatía con la naturaleza, y un tercero me dijo que teniendo experiencias. Aunque esta tercera respuesta me gusta más, yo propondría otra distinta: la humildad, es decir, que además de saber escribir y leer, y tener una cierta práctica con las palabras, la clave es ser humildes, que no significa sino ser realistas. Bécquer dijo alguna vez: “mientras haya un misterio para el hombre ¡habrá poesía!”[2]. Y es cierto, los misterios existen, y los misterios esconden precisamente lo más espectacular, lo más inimaginable, lo más abrumadoramente bello. Y ¿cómo contemplar un misterio cuando estamos revestidos de soberbia? Por el contrario, vestidos de humildad nos damos cuenta de que siempre “hay algo más”.

Experiencia tenemos todos por el simple hecho de vivir. Pero es la humildad la que te permite ver la grandeza de esas experiencias, su trascendencia, sus implicaciones; es la humildad la que hace que un simple hecho se convierta en experiencia. Cuando uno se hace pequeño e intenta mirar las cosas con ojos de niño se da cuenta de que, en realidad, siempre ha sido pequeño comparado con toda la realidad, lo único viejo en él era la mirada. La vida y el mundo no son aburridos, nuestra vida normalmente no es aburrida, el problema se da cuando nosotros damos por hecho que lo es. Si nos fijamos, siempre pasan cosas emocionantes y divertidas frente a nosotros, cosas que creemos que ya nos conocemos y por ello no nos fijamos en ellas. La introducción de “La historia del Arte” de Gombrich es realmente sugerente a este respecto.

Cuando por fin se han caído las escamas de los ojos y somos capaces de ver la realidad en todo su esplendor, es decir, en todo lo que esconde, es cuando no podemos evitarlo y nos lanzamos a escribir, la inspiración ha comenzado, de alguna forma ya no eres tú quien escribe sino la misma realidad la que se expresa -por muy hegeliano que suene- a través de ti. La humildad ante el mundo es lo que nos permite ver el mundo tal y como es, y el descubrir la belleza que hay en él es lo que nos impulsa a escribir.

No hace falta introducirse en la novela de Lewis Carroll para descubrir el país de la maravillas, lo único necesario es hacerse pequeño para poder entrar por la madriguera de conejo.




[1] Jaime Nubiola. El taller de la filosofía. EUNSA, Navarra (España) 2006. P. 117


[2] Bécquer. Rimas. IV

viernes, 27 de enero de 2012

Gritando a las piedras

Tras unos largos años de continua meditación me di cuenta de cuánto tenían de inútiles mis pensamientos. Este gran manojo de ideas simplemente se quedaban encerradas en mi cabeza, creciendo exponencialmente sin tener más sitio donde habitar, y enredándose unos pensamientos con otros precisamente por la falta de espacio. Abandoné mi solitario dormitorio para buscar de entre todas esas personas que vivían en el pueblo unas cuantas mentes que hubieran pensado cosas parecidas a las mías, o cosas muy distintas, y poder dar una salida a mis pensamientos para no dejarlos encerrados y aburridos en mi sola mente.

Una vez allí, entre todo el tumulto de gente, que hablaban, gritaban y bromeaban entre sí, empecé a buscar algunos que quisieran, como yo, dar salida a sus pensamientos y conocer los pensamientos de otros; y de esta manera, entre varios hombres hallar al menos unas pocas conclusiones claras sustraídas de todo ese caos de ideas de mi cabeza. Un caos de ideas que ya no me dejaba pensar. Necesitaba aclararme y por eso salí de mi soledad.

Para mi sorpresa ¡la gente me ignoraba! pero es más ¡me huía! Le dije a uno que pasaba por mi lado: “Tú ¿qué has pensado durante tus años de vida?” No me respondió palabra alguna, pero pude leer sus pensamientos en su mirada: “¿Me está hablando a mí? Déjeme, señor”. Tras la mirada se dio media vuelta y se fue. Busqué a otro y ataqué:

-¿Usted qué piensa?

Me respondió -¿Que qué pienso de qué?

-Qué piensa usted en general ¿qué piensa?

-Usted está loco, déjeme en paz.

Y así fue durante un largo rato, iba buscando personas que quisieran hablar conmigo y aprender de mí y yo de ellos, pero nadie quería. A mí me extrañaba bastante, veía que todos eran personas muy sociables, todos hablaban con todos, y mucho. Había comunicación entre ellos, pero nadie parecía haber pensado sobre nada. “Es una pena” pensé, yo he pensado mucho y no me he comunicado nada, ellos parecen haberse comunicado mucho pero sin haber pensado nada. Nos podríamos ayudar mutuamente. No me rendí y lo intente un poco más, pero nada, hasta el punto de desesperarme. ¡Cuántas personas! ¡Cuántas mentes! ¡Y qué pocos pensamientos!

Vi una gran piedra, y como nadie me respondía le grité enfadado: “¡¿Y tú?! ¡¿Has pensado algo en tu fría y aburrida vida?!”

-Pues la verdad es que últimamente no he parado de darle vueltas a la cabeza- respondió la piedra.

El asombro era absoluto, pero no pude evitarlo, le seguí la conversación. Cuántas personas me había topado sin pensamientos interesantes y esta piedra es la única que me responde.

-¿Darle vueltas a la cabeza? ¿Tú? Si no tienes cabeza.

-¡Eh! ¡Eh! no te pases. En realidad eres tú quien no debería hablar. ¿Por qué me has gritado de esa manera?

-Llevo toda mi vida encerrado en mi dormitorio pensando sin parar. Cuando era muy joven, de hecho cuando no era más que un niño, ya me di cuenta de que las personas suelen molestarte cuando intentas ocuparte de tus asuntos, cuando estás pensando en lo verdaderamente importante; y no solo las personas, el mundo que nos rodea no es más que una molestia para el pensamiento: móviles, ordenadores, blackberrys… cuando crees que ya te has deshecho de alguien de repente te llega un mensaje a la black ¡y es él!, ya no hay forma de deshacerse de nadie, ni hay forma de meter kilómetros de distancia.

Todo eran molestias y yo necesitaba concentración para pensar en las cosas que de verdad importan, por eso me aislé del mundo. Años y años de puro pensamiento y me puedes creer, he pensado muchas cosas. Pero poco a poco todos esos pensamientos se han ido volviendo contra mí. Mi mente se fue convirtiendo en una olla a presión y no había grieta alguna por donde liberarla un poco. Me di cuenta de que todos los pensamientos que había tenido, algunos muy claros y ciertos, necesitaban más espacio, y ese espacio son las mentes de los demás. Necesitaba gente a quien comunicárselos y con quien hablar. Además, había descubierto multitud de cosas que no me servían para nada. La virtud, por ejemplo, y otras cosas por el estilo que he leído y memorizado, he descubierto que no sabré lo que son de verdad hasta que no viva ahí fuera, o mejor dicho, aquí fuera. Pero el exterior me ha vuelto a decepcionar. No he encontrado a nadie con quien merezca la pena pasar el tiempo. Estoy pensando en volver a mi dormitorio y quedarme allí, pero por otro lado siento un gran rechazo a volver, y no sé por qué, no entiendo nada.

Respondió el hombre que había detrás de la piedra:

-Yo ahora sí entiendo, no quieres volver porque no eres solo pensamiento. Anhelas algo que no conoces, que no sabes lo que es, y eso te desconcierta. Tu razón te ha guiado durante toda tu vida, pero es ahora el corazón quien no te deja volver a ese aislado dormitorio, porque bien sabe tu corazón que esa no es forma de vivir. Has pensado durante mucho tiempo en las cosas que de verdad importan, ¿Pero cuánto te has ocupado de las cosas que de verdad importan? Yo vengo del pueblo ese donde has estado antes y has hecho que me de cuenta de que nunca había pensado nada y eso me ha impedido ocuparme de nada. Gracias por gritarle a las piedras.

martes, 17 de enero de 2012

Apagón...

Hay días en los que simplemente me apetece hacer un "apagón mental"; sí, como cuando apagas todas las lámparas y flexos, bombillas y focos, televisiones y ordenadores de casa. Es entonces cuando la oscuridad y el silencio salen de sus escondrijos sigilosamente, inundando los pasillos y habitaciones.

A veces los pensamientos en nuestra cabeza son como los gritos de un niño pequeño, estridentes y agotadores cuando se lo proponen. Y realmente cuesta hacerlos callar, cuanto más te enfadas y les gritas que se callen más gritan ellos y entonces ya hay dos personas gritando. Cuanto más piensas en tus pensamientos y en cómo "apagarlos" más piensas y más pensamientos hay que acallar. El ruido se combate con silencio. Cuando cada pensamiento se vuelve contra uno mismo... es entonces cuando hay que dejarlos pasar y no hacerles mucho caso. Pero es tan difícil...

Y aquí va una pregunta más filosófica: ¿Se puede realmente dejar de pensar? A mi me parece que hay una forma de conseguirlo (habrá más, seguramente). Es una especie de juego: Cualquiera puede pensar en lo que va a decir dentro de un rato. Podemos pensar en lo que vamos a decir sin decirlo, ese pensamiento está en nuestra cabeza. Por ejemplo: Voy a decir "no quiero estudiar", y piensas en eso que vas a decir. Pues bien, ahora, en lugar de intentar pensar en lo que vais a decir dentro de dos segundos intentad pensar en lo que vais a pensar dentro de dos segundos... ¿difícil verdad? Estas son las paranoias de un pobre estudiante de filosofía.

Aunque esto está completamente desviado de lo que iba a escribir en un principio. Bueno, esto es casi pensamiento en estado puro, hay quien lo llama divagación...

viernes, 16 de diciembre de 2011

La trinchera

"Ignoro e ignoraré". Así nos definió un profesor la actitud del agnóstico. Y a continuación nos dijo pausadamente y con esa voz raspada de viejo luchador: "quedarse en la trinchera es muy cómodo". Nos explicó que en la mili el quedarse en la trinchera, protegido y a salvo en esa zanja cavada en la tierra, era la actitud de los cobardes. No era la actitud más inteligente, sino la más cobarde.

Quedarse en la trinchera del agnosticismo, diría él, no es la actitud más inteligente cuando uno se enfrenta al problema del Absoluto (de Dios) y de la verdad en general. Quedarse en la trinchera no es lo más inteligente, es lo más cómodo. Hay que salir de la trinchera y luchar, hay que lanzarse a por el enemigo, y el peor enemigo para la mente es el error, es la mentira, es el engaño; y su peor actitud es el quedarse quieta y no arriesgarse. Un filósofo no es el que más duda y el que más preguntas se hace, un filósofo es el que más ama la sabiduría y es por tanto el que menos miedo tiene a lanzarse a por la verdad. No hay sabiduría sin verdad, no hay filósofo sin verdad. Pero es cierto también que no hay sabiduría sin preguntas, y es necesario preguntarse por las cosas. Pero preguntarse por las cosas no significa dudar de todo.

Durante un tiempo yo creía efectivamente que la postura agnóstica era la más inteligente. Es realmente difícil llegar a conclusiones racionales para averiguar si Dios existe o no existe. No se puede decir, así como así, que Dios existe, ni tampoco que no existe ¿Qué pensar entonces? Fácil: no podemos saber. Saber si Dios existe o no es imposible para el hombre; puede que exista o que no exista, pero yo nunca lo sabré. Yo nunca lo sabré, pero no me vengas con que tú si lo sabes, porque tampoco tienes ni idea, así que déjame en paz. "Ignoro e ignoraré".

"No puedo saber si ganaremos o perderemos, y tu tampoco lo sabes, así que déjame que me quede en la trinchera a ver qué sucede..." Claro, si no salimos a luchar seguro que no ganaremos, si no salimos a pensar seguro que no conoceremos. Y salir de la trinchera no significa asomar un ojo entreabierto a ver qué sucede, significa salir a cuerpo entero y eso significa arriesgarse. Arriesgarse intelectualmente significa aceptar que uno puede equivocarse y que quizás tenga que dar un paso atrás y reconocer sus errores. ¿Pero qué problema hay en eso? Se aprende de los errores se suele decir, si no fallas nunca quizás no aprendas nunca.


Creo y pienso que la verdad es asequible a la mente humana. No en toda su riqueza y plenitud, pero sí parte de ella. Creo que hay mucha diferencia entre no conocer nada de la verdad y conocer solo un poco (Un infinito abismo de diferencia) y creo que merece la pena lanzarse a conocer ese poco.

No sé si habéis visto la película Matrix. Salir de la trinchera es seguir al conejo blanco escoger la pastilla roja. Morfeo le ofrece dos pastillas, la azul le devuelve a la ignorante y falsa felicidad de Matrix; la roja le abre las puertas al mundo real. Cuando Neo va a escoger Morfeo le dice: "Recuerda Neo, lo único que te ofrezco es la verdad, nada más".

sábado, 12 de noviembre de 2011

Ojos brillantes


Me parece sencillamente genial, ya se que son 20 minútos y que da pereza, pero es muy bueno, que la pereza no te prive de ver este video. Quien me lo enseñó me dijo que le había cambiado la vida; no es que le vaya a cambiar la vida a todo el que lo vea, pero a nadie va a dejar indiferente. ¡Que lo disfrutéis!

domingo, 30 de octubre de 2011

Exterior / interior


"¡Poderse ver desde fuera! ¡Poderse ver desde fuera! Esto he deseado muchas veces" "¡Dejar un nombre! (...) Parece imposible que se ame más al nombre que a sí propio. He aquí la forma de la mortal esclavitud que hace que sacrifiquemos nuestra realidad a la apariencia que de nosotros hay en las mentes ajenas, que sacrifiquemos nuestro propio ser al concepto que de nosotros se ha formado el mundo"  
 
Esto se decía Unamuno a sí mismo en una de sus reflexiones. Por importarle demasiado lo que los demás piensen de él y por buscarse a sí mismo desde fuera, mirándose a sí mismo desde fuera (como los demás le ven), acabó por perderse a sí mismo. S. Agustín ante un dilema parecido encontró una solución muy diferente:

"No vayas afuera, entra dentro de tu alma, porque en el hombre interior habita la verdad; y, si hallares que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a tí mismo, más no olvides que, al remontarte sobre las cimas de tu ser, te elevas sobre tu alma, dotada de razón. Encamina, pues, tus pasos allí donde la luz de la razón se enciende. Pues ¿adónde llega todo buen pensador sino a la verdad?"