miércoles, 19 de septiembre de 2012

Spes

Jesús, incomparable perdonador de injurias,
óyeme; Sembrador de trigo, dame el tierno
pan de tus hostias; dame, contra el sañudo infierno,
una gracia lustral de iras y lujurias.

Dime que este espantoso horror de la agonía
que me obsede, es no más de mi culpa nefanda,
que al morir hallaré la luz de un nuevo día
y que entonces oiré mi «¡Levántate y anda!» 
 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Canto del Cruzado

Yo soy de los primeros a los que les cuesta leer en verso, sobre todo cuando se trata de un poema tan largo como este, pero no hay pantalla de cine capaz de mostrar las imágenes que se forman en nuestra imaginación cuando leemos a un poeta como este, haciendo poesía como esta:
 
Ya tarde en la noche la luna escondía
cercana a Occidente, su lívida faz,
y al Norte entre nubes, relámpago ardía
que el cielo inundaba de lumbre fugaz.
El Tajo sus aguas con ronco bramido
despeña, y el eco redobla el fragor;
el bosque se mece con sordo rüido,
de negras tormentas fatal precursor.
Al fuego que el raudo relámpago enciende,
que al monte y la selva parece abrasar,
un hombre a caballo la margen desciende
y al trote se sienten sus armas sonar.
Tal vez a su paso con viva vislumbre
la cruz en su escudo radiante brilló;
mas luego en tinieblas la rápida lumbre
al hombre y caballo consigo ocultó.
De un monte en la altura levanta su frente
soberbio castillo de ilustre señor;
brillantes antorchas le adornan luciente
y de arpas y fiesta se escucha el rumor.
Abiertas las rejas, las luces se agitan,
y alegre banquete se deja entrever,
los néctares dulces al júbilo excitan
y a cien caballeros cantando a beber.
cual negra fantasma de forma medrosa
que a tímida virgen de noche aterró
así en la alta cumbre del monte escabrosa
el hombre a caballo veloz pareció.
Al pie del castillo llegando el guerrero,
alegre relincha su noble trotón;
la rienda recoge, desmonta ligero
y para y escucha sonar la canción.
Del arpa sonora los dulces contentos
aplauden con bravos y vivas sin fin,
y en coro resuenan alegres acentos,
en alto las copas a honor del festín.
Mas luego en silencio la mágica lira,
vibrada suave se torna a escuchar,
y sigue a su acento que plácido inspira
la voz regalada de aqueste cantar:
Era la noche, y la luna
melancólica brillaba
con pálida luz süave
en el jardín de la Alhambra.
En su soledad se goza
la hermosísima Zoraida,
la más bella de las moras,
la adorada de Abenámar.
Tan sólo rompe el silencio
entre las flores el aura o
que dulcemente las [...]
y su perfume exhala.
Allí, vagando en silencio,
sus pensamientos halagan
mil imágenes sabrosas,
mil cumplidas esperanzas.
Mas ¿qué estruendo de trompetas
toca a rebato en Granada,
y entre el confuso alboroto
retumba el grito de alarma?
Zoraida escucha y suspira,
que al son de guerra, Abenámar,
el más bravo de los moros,
es el primero que marcha.
Ya cerca escucha las trompas
de las huestes castellanas,
y relinchos, y carreras,
y el batir de las espadas.
Precipitada a una reja,
sube la mora al alcázar,
y por la vega anchurosa
yiende la vista agitada.
Inquieta, atento el oído,
tiembla al crujir de las armas,
cual tímido cervatillo
si el viento agita las ramas.
En su ventana, la noche
toda, lo espera azorada.
Ya el estruendo y voces crecen,
ya poco a poco se callan.
Era el rumor: los guerreros
vuelven en triunfo a Granada.
Gallardo en las lides,
cayó el vencedor.
¡Ay! llora, Zoraida,
tu triste amador.
Su voz moribunda
tu nombre exhaló,
y al pecho, expirante,
tu banda estrechó.
Ya el bardo a su gloria
levanta la voz.
Eterno su nombre
dirá el trovador.
Gallardo en las lides,
cayó el vencedor.
¡Ay! llora, Zoraida,
tu triste amador.
El arpa acompaña, callado ya el canto,
con lánguidos trinos la trova gentil,
cual dulce en la selva, con plácido encanto,
el eco modulan los auras de Abril.
Y luego cien arpas resuenan, y el coro
los nobles entonan cantando a la vez,
y el fin malogrado del ínclito moro
envidian, y ensalzan su amor y su prez.
En tanto el guerrero que el cántico oía,
con fuerza en las puertas su lanza chocó,
y allá en las almenas, al punto, el vigía:
«¿Quién llama a estos muros?» audaz preguntó.
«Asilo en la noche demanda un guerrero
que errante camina», gritó el paladín.
«Abridle, de adentro sonó un caballero,
y encuentre acogida y asiento al festín».
Las negras cadenas que el puente suspenden
con ronco sonido se sienten crujir,
y bajan el puente, y algunos descienden
armados guerreros, las puertas a abrir.
Su nombre preguntan; responde el soldado:
«Mi nombre, aunque ilustre, es fuerza ocultar.
Saber es bastante que soy un cruzado
que vuelve de tierras allende del mar».
So un manto sencillo de cándido lino,
do roja aparece la espléndida cruz,
su rostro y sus armas cubrió el paladino,
los ojos tan sólo quedando a la luz.
En ellos ostenta, con fiera altiveza,
fijándolos firme, intrépido ardor.
Mas luego se apaga con fría tristeza
o usado descuido su noble esplendor.
En tanto, dos pajes, sirviendo de guía,
conducen al huésped adentro al salón,
y sale a su encuentro con faz de alegría,
dejando el banquete, gallardo infanzón.
La mano, por muestra de dar bienvenida,
tendiéndole dice: «Llegado aquí en paz,
os dé mi castillo sabrosa acogida
y halléis con nosotros placer y solaz».
El huésped, en tanto que el noble le hablara,
mantiene los ojos clavados en él,
así que en su rostro semblanza encontrara
que antiguos recuerdos preséntanle fiel.
«¿Sois vos, le pregunta, gentil castellano,
de aquesta comarca tal vez el señor?
¿Sois vos el que nombran el conde Lozano,
honor de Castilla, del moro terror?»
El noble, modesto, responde al guerrero:
"Yo soy el que llaman como vos decís,
empero la fama da un nombre a mi acero
más alto que nunca por él merecí.
Entrad con nosotros, partid el contento,
ilustre soldado de la alta Sión.
Dirás de tus viajes el plácido cuento
y oiremos tus hechos con grata atención».
"Mi vida y mis hechos, el huésped responde,
ansiara yo mismo por siempre olvidar».
Y dice, y su rostro moreno se esconde
so nube sombría de negro pesar.
Del sol de la Libia quemado el semblante,
sus ojos un punto centellear se ven,
mas luego se apaga su brillo al instante,
y al fuego que lanzan sucede el desdén.
Con hondo suspiro prosigue el cruzado,
bajando los ojos con triste mirar:
«Delante el sepulcro de Dios he jurado
mi historia y mi nombre jamás confiar.
Así he prometido robarme el consuelo
que acaso los hombres al mísero dan,
así hasta que quiera por último el cielo
que baje a la tumba conmigo mi afán».
Su voz, su mirada, su rostro turbado
profundo misterio parece encubrir.
El Conde en silencio le asienta a su lado,
sin más sus desdichas forzarle a decir.
Alguno le mira, fijándole atento,
que piensa su pecho tal vez sondear.
Mas sólo su vista le da el pensamiento
que es hombre que el riesgo no duda arrostrar.
En tanto que el huésped, así indiferente,
se vuelve a su estado de triste inacción,
el Conde Lozano anima su gente
mandando que entonen alegre canción.
Las copas henchidas del néctar sabroso
se vieron al punto volar al redor
y el arpa vibrando con eco armonioso
así dulcemente cantó el trovador:
El soldado de Sión
El que ansioso de alta gloria,
joven dejó sus hogares,
y lanzándose a los mares,
voló a buscar la victoria,
vencedor del turco fiero,
vuelve, valiente cruzado,
del sol el rostro tostado
y en sangre tinto su acero.
Allí, su lanza en la lid
dio a su renombre esplendor,
le cantó el trovador
como a intrépido adalid.
Ora vuelve, en su semblante
con cicatrices de heridas
en honra y pro recibidas
de la que adora constante.
Tal vez al verle a su reja
le desconozca la hermosa
que sensible y cuidadosa
oyó otro tiempo su queja.
Mas si no vuelve de Oriente,
cual antes, joven hermoso,
vuelve intrépido y brioso
y ornada en lauros la frente.
Y las lunas abatidas
de los árabes altivos,
cien caballos, cien cautivos,
cien cimitarras vencidas,
el soldado de Sión
rendirá ante su hermosura
y con humilde ternura
su constante corazón.
Y si amorosa un momento
tendrá completa ventura
su más alto pensamiento,
y tendrá por muy dichosa
de su destino la estrella
si le devuelve su bella
siempre tierna y cariñosa.
Que por la cruz y en su honor
ha alcanzado la victoria,
y su nombre y su memoria
realzó en la lid su valor,
y buscando dónde ir
a hacer su nombre famoso,
vuelve a sus pies venturoso
sus laureles a rendir.
«A fe, dijo un noble, ya el canto acabado,
que son muy leales esclavos de amor
los bravos guerreros del templo sagrado,
según en sus versos pintó el trovador.
Que dicen hermosas que son las mujeres
que adornan las tierras do se alza Lalén
y ofrece el Oriente gustosos placeres,
y todos los miran con tibio desdén».
«No brillan mujeres allá en Palestina,
responde un guerrero, cual brillan aquí.
Yo pongo que nunca mujer más divina
se vio que la hermosa que adora el Zegrí».
«Ximena es más bella, repuso un mancebo
moviendo los ojos con fiero mirar.
Y rompo una lanza por ella y lo pruebo
cualquiera en su contra se muestre a lidiar».
El Conde al momento: «Más bella es mi esposa,
la reina en las justas de amor y beldad.
Yo pongo que es ella más noble y hermosa
y acepto en la arena probar la verdad».
«Cualquiera que venza será venturoso,
repuso un anciano,
empero el semblante hará más hermoso
de aquella que adora su noble valor.
Que allá cuando hervía mi pecho valiente
con ansia amorosa y ardor juvenil,
recuerdo con pena que anubla mi frente
y aún hace a mi pecho turbado latir,
que así por mi dama vibrando mi espada
en negra contienda de honrar la beldad,
tendido a mis plantas, de fiera estocada
mi amigo más caro probó mi crueldad.
Vosotros, hermanos en armas y amigos,
de España esperanza, mancebos de pro,
¡oh! no querrá el cielo lidiéis enemigos
por causa tan leve, presente aquí yo.
Penosos recuerdos, eterno tormento
quien hiera a su amigo por pago tendrá,
y siempre turbado doquier su contento
la sombra del muerto delante hallará.
Allá vuestra espada
se cruce al alfanje que en sangre crüel
regó el desolado campo castellano,
y arranque a su frente antiguo laurel.
Volved por las armas si algún caballero
con lengua villana se atreve a su honor,
o bien si el osado moteja altanero
sus mismos galanes de poco valor.
Que entonces la honra exige que muerto
o quede el que el duelo audaz provocó,
o que ante testigos confiese el entuerto
que con sus palabras o acciones causó.
Tomad mi consejo y usad de prudencia;
al noble extranjero nombrad vuestro juez,
mostradle las damas y dadle sentencia.
Ninguno contienda otra vez.
Llegado de climas y tierras lejanas,
do ha visto las bellas de cada país,
a un lado dejando pretensiones vanas,
no dudo que todos en él convenís.
Y aquel que aún sostenga tenaz su porfía,
y dude a esta prueba tan fácil ceder,
por cierto en su dama muy poco confía
y no por muy bella la debe tener.

martes, 28 de agosto de 2012

San Agustín

Si me preguntárais por una persona a la que me gustaría conocer por encima de cualquier otra, sin contar a Dios ni la Sagrada Familia, claro está, creo que no dudaría en contestar que sería San Agustín. Hoy celebramos su memoria en el calendario litúrgico, justo un día después de celebrar Santa Mónica, su madre. Personalmente le descubrí hace un par de años, aunque ya había oído algunas frases suyas que me habían encantado. Fue leyendo unos textos que me mandaron para una clase de la universidad; lo que me impresionó de aquellos textos fueron las preguntas que se hacía, y no por ser las típicas preguntas metafísicas y abstractas de cualquier filósofo, sino por ser precisamente sencillas, preguntas que se podría hacer cualquier cristiano, pero que muchos no nos atrevemos a hacerlas por miedo a la respuesta, por miedo a que la razón nos lleve a conclusiones contrarias a lo que creemos. S. Agustín no tenía miedo alguno precisamente por la sobreabundancia de fe. Por un lado Dios es La Verdad y por otro la razón bien utilizada nos lleva a la verdad, conclusión: no hay conflicto alguno entre la fe y la razón, no hay que tener miedo a pensar las cosas porque si Dios existe, él es el inventor de la razón.

Esa "valentía filosófica" fundada en la fe y esperanza cristianas es lo que me hechizó. La verdad es que ni me acuerdo de qué preguntas eran ni de la solución que dio, pero eso es lo que menos importa. No mucho tiempo después me aventuré a leer sus confesiones, un libro que recomiendo a todos, y de él copio este fragmento que tanto me fascinó cuando lo leí, en parte por lo identificado que me sentí en el momento de leerlo:

"Ni mis deseos eran ya de cosas materiales ni las buscaba a la luz de este sol con mis ojos de carne, porque los que quieren gozar de las cosas de fuera se quedan vacíos en seguida, y se pierden entre las cosas que miran, se hacen como ellas caducos y viejos, y van con su hambriento espíritu lamiendo sus falsas imágenes del bien. ¡Si desfallecieran de hambre y dijeran "Quién nos mostrará las cosas buenas?" Nosotros les diríamos y ellos nos oirían "¡Ha sido impresa sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor!" Porque no somos nosotros la luz que ilumina a todo hombre, sino que somos iluminados por Dios, para que los que fuimos en otro tiempo tinieblas seamos ahora luz en Dios.

¡Si ellos viesen aquella luz interior eterna que yo vi! Y porque la había visto, gritaba por no poder mostrársela. Si puediera ver su corazón y me dijeran "¿Quién nos hará conocer las cosas buenas?" Porque era allí mismo donde yo me había airado interiormente, en mi corazón, donde yo había sentido el dolor y había sacrificado, dándole muerte, mi hombre viejo, donde, iniciando el nacimiento de mi hombre nuevo, confiaba ya en Dios, allí era donde Dios me había empezado a ser dulce y a alegrar mi corazón.

Y gritaba al leer estas cosas (se refiere a unos salmos), y las hacía mías; y no quería ya dispersarme entre las riquezas de la tierra, devorando cosas de tiempo para no ser luego devorado por el tiempo, porque ya tenía en mí, en la eterna Simplicidad, otro trigo, otro vino y otro aceite con que alimentarme".

 (Las Confesiones. San Agustín, Cuadernos palabra 19ª edición, Madrid 2007. pp. 217-218)

martes, 21 de agosto de 2012

Medjugore 2012

Otro año que no he podido ir a ese sitio y en ese tiempo en el que el cielo y la tierra no son tan diferentes. Por suerte he tenido a mi hermana allí representándome a mí también. Pero haya estado o no este año, lo que no puedo evitar es lo mismo de siempre, y es que se me pongan los pelos de punta cuando veo videos como este, que me recuerdan lo que allí viví un día, y que me reafirman en lo que vivo hoy.

sábado, 4 de agosto de 2012

Libre albedrío y bocatas de chorizo

"Tú, como católico, no debes creer en la libertad". No sé si con esa frase buscabas realmente la verdad o si era tan solo una tentativa para provocar mi respuesta. Dejando de lado cualquier tipo de ironía o pregunta retórica, he de decir que ciertamente lamento que cuchillo tal no hubiera volado antes; pues la conversación no tuvo la oportunidad de prolongarse demasiado.

El argumento, si no lo entendí mal, es el siguiente: los católicos creemos en Dios, que entre otras muchas cosas es omnisciente, es decir, que tal y como lo define la RAE posee "conocimiento de todas las cosas reales y posibles". Comúnmente decimos que Dios lo sabe todo, lo que significa que sabe qué decisiones voy a tomar, pongamos por ejemplo que sabe si yo hoy voy a merendar un bocadillo de chorizo o si lo voy a tomar de jamón y queso. Suponiendo que yo sólo voy a tomar un bocadillo (una suposición claramente precipitada), o bien lo tomaré de chorizo o bien de jamón y queso, pero no los dos (ni a la vez ni uno después de otro). La cuestión es la siguiente, si yo finalmente decido tomar el de chorizo, Dios ha sabido desde la eternidad de las eternidades en que vive que yo iba a decantarme finalmente por el chorizo. Por tanto Dios, antes de que yo eligiera, sabía que iba a elegir el chorizo, y por tanto yo no podría haber elegido otra cosa que no fuera el chorizo, y por tanto mi acción estaba determinada. Conclusión, no soy libre.

Si en algo he formulado mal el argumento pido que se me corrija. Si lo he formulado bien seguiré con lo que creo que puede ser una respuesta.

Empezaré con una pequeña paradoja: a Dios no nos atrevemos a quietarle la libertad de entre sus propiedades, y de hecho diríamos que Dios es sumamente libre, pues si Dios está obligado a hacer algo entonces no es Dios. Bajo la hipótesis de que el Ser Absoluto exista, ha de ser necesariamente libre. Entonces tenemos a Dios, que es libre y además omnisciente, siguiendo en la misma vía del argumento anterior, Dios sabría qué cosas va a hacer antes de hacerlas y por tanto no sería libre, pero Dios ha de ser libre... paradoja.

Me atreveré a decir, como a mi amigo Gabriel le gusta decir, que "¡las paradojas no existen!", lo cual es una pena porque no hace mucho tiempo me consagré como buscador de paradojas. Me temo que mi propia exclamación me deja en el paro. En cualquier caso diré por qué creo que realmente no es una paradoja lo que he argumentado en el párrafo anterior.

Estamos dando por hecho que el conocimiento de un hecho concreto es lo que lo determina, pero es en todo caso al revés, son los hechos los que determinan nuestro conocimiento. Intentaré explicarme, aunque ciertamente no me veo muy capaz. Si nosotros conocemos, conocemos cosas, es decir, que no existe el conocimiento a secas, sino que el conocimiento es siempre sobre algo, es lo que a muchos filósofos les gusta llamar "intencionalidad del conocimiento". Tenemos por tanto dos cosas, el CONOCIMIENTO de algo por un lado y por otro el ALGO conocido. Supongamos que dentro del "algo" introducimos la acción de alguien, de esta manera lo que tenemos es el CONOCIMIENTO de una acción y la ACCIÓN conocida. Tenemos por tanto dos cosas diferentes, la acción y el conocimiento (respectivamente, tomarme el bocata de chorizo y el hecho de que Dios sepa que yo lo voy a tomar).

Puede existir ALGO sin CONOCIMIENTO, pero no puede haber CONOCIMIENTO sin ALGO. Aunque no lo parezca, a esto me refería al decir que no es el conocimiento el que determina los hechos concretos sino los hechos los que determinan el conocimiento. Existen dos planos diferentes, el de la realidad (el de los "algos", el de las acciones, el de los hechos concretos) y el del conocimiento que versa sobre ese otro plano que es la realidad.

Si la libertad existe, en principio lo colocaríamos en el plano de la realidad, concretamente en el de las acciones, las acciones serán o no libres completamente al margen de qué conocimientos existan en el universo. Me da igual que un científico descubra ahora los agujeros de conejo y gracias a ellos pueda ver el futuro y pueda, al igual que Dios, saber si voy a comer chorizo o jamón y queso, mi elección no deja de ser libre por ello, (Además algo así no lo creo posible), ese científico sabrá lo que yo he elegido, pero eso no me niega la elección, ese científico no me roba la libertad por el mero hecho de conocer. Enhorabuena por él, pero él no ha tenido nada que ver en mi decisión de elegir el bocata más jugoso y grasiento de los dos. Si mi libertad existe, entonces tiene que ver conmigo y no con nadie más. Más a tener en cuenta si hablamos de Dios, que es quien nos ha dado la libertad y es quien pretende respetarla hasta sus últimas consecuencias. Sé que suena fuerte, pero lo creo verdadero, Dios no puede, o más bien no quiere, quitarnos la libertad, lo que no impide que Él siga siendo omnisciente y tenga completo conocimiento de esas elecciones que hemos elaborado desde nuestra completa libertad. Gracias a Dios una cosa no quita la otra.

"Pero en cierta medida estás determinado", creo que me dijiste. Yo creo que no, lo que estoy es conocido, completamente conocido por Dios, más conocido por Dios que por mí mismo, pero no determinado, son cosas diferentes. El conocimiento de Dios no determina mi acción, sino al revés, (Perdonadme si esto es herejía) mi acción determina el conocimiento de Dios. Si yo hubiera elegido el jamón y queso, entonces Él conocería esa elección desde la eternidad.

Es señal de que una persona no entiende bien algo cuando necesita escribir mucho para explicarlo, así que creo que queda científicamente demostrado que no termino de entender lo que he intentado explicar. Mi intención es siempre acercarme un poco más a la verdad y acercar a otros en la medida de lo posible; me conformo con que esta entrada haga pensar al lector sobre estos temas y que por medio de su propio razonamiento y de la Gracia de Dios pueda acercarse él mismo a la verdad y, si no es muy egoísta con sus posesiones, que comparta conmigo sus descubrimientos.

Quién me iba a decir que de tanto escribir al final no merendaría, se me ha hecho tarde, y creo que ya me espero a la cena. Al final ni bocata de chorizo ni bocata de jamón y queso. ¿Sabría Dios que al final sucedería esto? Finalmente, después de estas mil palabras, me he quedado tanto sin una argumentación sólida como sin una merienda igualmente sólida. Creo que voy entendiendo por qué muchos piensan que la filosofía no sirve para nada.