martes, 14 de febrero de 2012

Desde el corazón y la razón

No siempre se puede escribir desde el corazón. De hecho, lo más normal cuando alguien tenga que escribir una tesis, es que tenga que forzarse muchas veces a escribir sin que le apetezca lo más mínimo. No creo que esto sea negativo, al menos no del todo. En un principio lo idóneo me parece que todo lo que digamos, y por tanto todo lo que escribamos, nos salga directamente del corazón, pero no sé si existe persona sobre la tierra que pueda aguantar ese ritmo. Sobre todo si su vida profesional depende precisamente de las palabras.

A lo largo de la vida y de los caminos que cada uno recorre, vamos aprendiendo sobre los temas que nos interesan, aunque sólo sea porque pensamos sobre ellos; y lo perfecto sería dar un paso más y leer o escuchar a otras personas que hayan pensado sobre los mismos temas. Pero, en cualquier caso, vamos razonando sobre una serie de temas que nos interesan, y son esos temas sobre los que deberemos tratar en una tesis doctoral. Si nos interesan, entonces muchas veces podremos hablar de ellos desde el corazón, y sin duda nos saldrán palabras más apasionadas y capaces de atraer la atención de los oyentes. Pero no siempre será así, y es entonces cuando toca jugar ese as que guardamos en la manga, o mejor dicho, que guardamos en la mente. Todas esas divagaciones sobre un tema concreto cuando vas andando por la calle, o cuando estás en clase pero sencillamente no te apetece escuchar al profesor, o quizás durante esas dos o tres horas que has estado delante de un libro de Historia de la filosofía pero sin hacerle el más mínimo caso, todo ese tiempo no es tiempo perdido si lo has dedicado al razonamiento, has entrenado tu razón.

¿Por qué es bueno pensar? Y me refiero a pensar tú contigo mismo sin nadie que te moleste. Porque el corazón es capaz de correr muy rápido e incluso en buena dirección, pero creo que, si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que no siempre se caracteriza por la prudencia. Creo de verdad que es nuestro corazón el que, al final, es el que nos lleva a alcanzar las metas verdaderamente importantes, esas cimas que merecen la pena. Pero no podemos llegar a ellas sin aprender a dejarse guiar por la razón, si no frenamos nuestro corazón en determinadas ocasiones. Quien ha hablado conmigo sobre estos temas sabe muy bien que estoy convencido de que “el corazón tiene razones que la razón no entiende”, pero cuántas veces es más sabia la razón…

Para subir un monte de 2000 metros no hace falta tener pasión por el monte, cualquiera con un mínimo de forma física puede hacerlo. Pero un 8000… eso es otra cosa, hace falta, por encima de todo, pasión. Sí, es cierto, hace falta forma física, pero como diría cualquier filósofo, se trata de una condición sine qua non. Quien te hace llegar a la cima es el corazón.

Por lo mismo, creo que, si hay una parte en nosotros que nos lleva a terminar una tesis, esa es el corazón, pero siempre apoyada sobre la base de la razón. ¿Puede faltar alguna? No, quita una de ellas, y despídete de tu tesis, o en el caso de ser escalador, despídete de la cima a 8000 metros de altura. Jaime Nubiola usa una metáfora que nos puede ilustrar; aunque no la usa en este mismo sentido, todo tiene algo que ver: “El caballo de carreras necesita de riendas y estribos que, aunque parezcan limitar su creatividad, hacen posible que gane la carrera”[1]. La razón son las riendas del corazón.

A lo largo de los años que te estás dedicando a la escritura de la tesis, da mucho tiempo a tener “prontos” de todo tipo y gusto, el tema de la tesis será, de repente, el más aburrido de los temas que podías haber escogido, de hecho, la filosofía será la carrera más aburrida que podrías haber escogido, pueden aparecer pensamientos del estilo de: “tenía que haber hecho ingeniería y estar trabajando ya en inteligencia artificial”. Pero es un engaño, si usamos la razón nos daremos cuenta de que tenemos más razones para seguir y continuar con la tesis sobre lógica de primer orden.

Sin duda esto no solo se puede aplicar a la tesis doctoral o al Everest, me parece una norma de vida, me parece que así debe comportarse el ser humano en todos los ámbitos de su vida. Así fuimos creados, desde el corazón y desde la razón, y así, creo yo, debemos comportarnos.



jueves, 2 de febrero de 2012

Entre columpios

Los hombres somos personajes por naturaleza. Ningún hombre es realmente aburrido; en la gran novela de la vida no existen los malos personajes. No creo que un hombre, al mirar en su interior solo pueda encontrar un pequeño pozo de metro y medio de profundidad y vacío. Lo que le sucede a ese hombre no es que tenga un interior poco profundo, lo que le sucede es que tiene miopía profunda.

“O todo o nada: he aquí el hombre; o concupiscencia o gracia; o abismo que se colma con el objeto infinito, o vorágine que se espanta y absorbe; o paradoja viviente, que en vano se irrita y ensoberbece, o receptáculo de sublime verdad que somete al hombre y le hace rezar; o ignorancia de la propia condición de ser finito hecho para el infinito, o conciencia de sí como límite que infinitamente se sobrepasa. El hombre está hecho para escuchar a Dios o para la muerte eterna”. Así describió Pascal al hombre. Y si el hombre es tal, resulta imposible afirmar que dentro de nosotros no hay nada. Estamos, por lo menos y como mínimo, llenos de posibilidades; me atrevería a decir incluso “infinitas posibilidades”. Una vez oí que ya estaba escrito todo, que no quedaba nada nuevo por escribir. Si el hombre es como dice Pascal entonces todavía no se ha escrito casi nada.

¿Habéis visto algo más poéticamente triste que un parque de niños en una fría tarde de invierno? Las cadenas chirrían con el viento, y se balancean los columpios solitarios por encima de los charcos. Es tan penoso que hasta se le puede encontrar cierta belleza. Pasear por un lugar así a uno le entristece, pero también le detiene, le hace pararse un momento y observar la escena. Y creo que todos podríamos llegar a observar la poesía que se esconde entre los columpios. Una cierta belleza que se manifiesta en forma de nostalgia, o quizás como simple belleza estética.

¿Os habéis fijado en ese mismo parque en una buena mañana de verano? Quizás no haga que te detengas, quizás su belleza poética no sea tan patente, pero al pasar por ahí el estado de ánimo mejora inconscientemente. La multitud de niños y niñas gritan, ríen y lloran, a cada cual más alto; han llegado con sus padres y abuelos para dar vida al parque.

Los hombres somos tan contradictorios como esos parques, tristes y alegres, vivos y muertos, solitarios y acompañados, pero siempre escondemos tras nosotros el secreto de la poesía. Más allá de los columpios y más acá de nosotros mismos se esconde algo. Hay un cierto misterio insondable en la realidad. Tanto dentro como fuera de nosotros; nos topamos con ese gran misterio, ese sin-saber que se esconde en el alma humana.

La inmensidad está dentro y fuera de nosotros y no hace falta inventarse nada para escribir cosas bellas. La realidad ya de por sí es bella. Como dice Jaime Nubiola “La verdad es -¡debe ser!- divertida y puede ser presentada de modo que haga resplandecer su atractivo”[1]. Pero ¿cómo hacer esto? ¿Cómo captar esa verdad que todos intuimos pero que nadie termina de poseer? Y es más ¿Cómo hacer esa verdad atractiva? He preguntado a escritores novatos y me han respondido que lo que hay que tener para escribir es cabeza, es decir, inteligencia; otra me respondió que teniendo empatía con la naturaleza, y un tercero me dijo que teniendo experiencias. Aunque esta tercera respuesta me gusta más, yo propondría otra distinta: la humildad, es decir, que además de saber escribir y leer, y tener una cierta práctica con las palabras, la clave es ser humildes, que no significa sino ser realistas. Bécquer dijo alguna vez: “mientras haya un misterio para el hombre ¡habrá poesía!”[2]. Y es cierto, los misterios existen, y los misterios esconden precisamente lo más espectacular, lo más inimaginable, lo más abrumadoramente bello. Y ¿cómo contemplar un misterio cuando estamos revestidos de soberbia? Por el contrario, vestidos de humildad nos damos cuenta de que siempre “hay algo más”.

Experiencia tenemos todos por el simple hecho de vivir. Pero es la humildad la que te permite ver la grandeza de esas experiencias, su trascendencia, sus implicaciones; es la humildad la que hace que un simple hecho se convierta en experiencia. Cuando uno se hace pequeño e intenta mirar las cosas con ojos de niño se da cuenta de que, en realidad, siempre ha sido pequeño comparado con toda la realidad, lo único viejo en él era la mirada. La vida y el mundo no son aburridos, nuestra vida normalmente no es aburrida, el problema se da cuando nosotros damos por hecho que lo es. Si nos fijamos, siempre pasan cosas emocionantes y divertidas frente a nosotros, cosas que creemos que ya nos conocemos y por ello no nos fijamos en ellas. La introducción de “La historia del Arte” de Gombrich es realmente sugerente a este respecto.

Cuando por fin se han caído las escamas de los ojos y somos capaces de ver la realidad en todo su esplendor, es decir, en todo lo que esconde, es cuando no podemos evitarlo y nos lanzamos a escribir, la inspiración ha comenzado, de alguna forma ya no eres tú quien escribe sino la misma realidad la que se expresa -por muy hegeliano que suene- a través de ti. La humildad ante el mundo es lo que nos permite ver el mundo tal y como es, y el descubrir la belleza que hay en él es lo que nos impulsa a escribir.

No hace falta introducirse en la novela de Lewis Carroll para descubrir el país de la maravillas, lo único necesario es hacerse pequeño para poder entrar por la madriguera de conejo.




[1] Jaime Nubiola. El taller de la filosofía. EUNSA, Navarra (España) 2006. P. 117


[2] Bécquer. Rimas. IV

viernes, 27 de enero de 2012

Gritando a las piedras

Tras unos largos años de continua meditación me di cuenta de cuánto tenían de inútiles mis pensamientos. Este gran manojo de ideas simplemente se quedaban encerradas en mi cabeza, creciendo exponencialmente sin tener más sitio donde habitar, y enredándose unos pensamientos con otros precisamente por la falta de espacio. Abandoné mi solitario dormitorio para buscar de entre todas esas personas que vivían en el pueblo unas cuantas mentes que hubieran pensado cosas parecidas a las mías, o cosas muy distintas, y poder dar una salida a mis pensamientos para no dejarlos encerrados y aburridos en mi sola mente.

Una vez allí, entre todo el tumulto de gente, que hablaban, gritaban y bromeaban entre sí, empecé a buscar algunos que quisieran, como yo, dar salida a sus pensamientos y conocer los pensamientos de otros; y de esta manera, entre varios hombres hallar al menos unas pocas conclusiones claras sustraídas de todo ese caos de ideas de mi cabeza. Un caos de ideas que ya no me dejaba pensar. Necesitaba aclararme y por eso salí de mi soledad.

Para mi sorpresa ¡la gente me ignoraba! pero es más ¡me huía! Le dije a uno que pasaba por mi lado: “Tú ¿qué has pensado durante tus años de vida?” No me respondió palabra alguna, pero pude leer sus pensamientos en su mirada: “¿Me está hablando a mí? Déjeme, señor”. Tras la mirada se dio media vuelta y se fue. Busqué a otro y ataqué:

-¿Usted qué piensa?

Me respondió -¿Que qué pienso de qué?

-Qué piensa usted en general ¿qué piensa?

-Usted está loco, déjeme en paz.

Y así fue durante un largo rato, iba buscando personas que quisieran hablar conmigo y aprender de mí y yo de ellos, pero nadie quería. A mí me extrañaba bastante, veía que todos eran personas muy sociables, todos hablaban con todos, y mucho. Había comunicación entre ellos, pero nadie parecía haber pensado sobre nada. “Es una pena” pensé, yo he pensado mucho y no me he comunicado nada, ellos parecen haberse comunicado mucho pero sin haber pensado nada. Nos podríamos ayudar mutuamente. No me rendí y lo intente un poco más, pero nada, hasta el punto de desesperarme. ¡Cuántas personas! ¡Cuántas mentes! ¡Y qué pocos pensamientos!

Vi una gran piedra, y como nadie me respondía le grité enfadado: “¡¿Y tú?! ¡¿Has pensado algo en tu fría y aburrida vida?!”

-Pues la verdad es que últimamente no he parado de darle vueltas a la cabeza- respondió la piedra.

El asombro era absoluto, pero no pude evitarlo, le seguí la conversación. Cuántas personas me había topado sin pensamientos interesantes y esta piedra es la única que me responde.

-¿Darle vueltas a la cabeza? ¿Tú? Si no tienes cabeza.

-¡Eh! ¡Eh! no te pases. En realidad eres tú quien no debería hablar. ¿Por qué me has gritado de esa manera?

-Llevo toda mi vida encerrado en mi dormitorio pensando sin parar. Cuando era muy joven, de hecho cuando no era más que un niño, ya me di cuenta de que las personas suelen molestarte cuando intentas ocuparte de tus asuntos, cuando estás pensando en lo verdaderamente importante; y no solo las personas, el mundo que nos rodea no es más que una molestia para el pensamiento: móviles, ordenadores, blackberrys… cuando crees que ya te has deshecho de alguien de repente te llega un mensaje a la black ¡y es él!, ya no hay forma de deshacerse de nadie, ni hay forma de meter kilómetros de distancia.

Todo eran molestias y yo necesitaba concentración para pensar en las cosas que de verdad importan, por eso me aislé del mundo. Años y años de puro pensamiento y me puedes creer, he pensado muchas cosas. Pero poco a poco todos esos pensamientos se han ido volviendo contra mí. Mi mente se fue convirtiendo en una olla a presión y no había grieta alguna por donde liberarla un poco. Me di cuenta de que todos los pensamientos que había tenido, algunos muy claros y ciertos, necesitaban más espacio, y ese espacio son las mentes de los demás. Necesitaba gente a quien comunicárselos y con quien hablar. Además, había descubierto multitud de cosas que no me servían para nada. La virtud, por ejemplo, y otras cosas por el estilo que he leído y memorizado, he descubierto que no sabré lo que son de verdad hasta que no viva ahí fuera, o mejor dicho, aquí fuera. Pero el exterior me ha vuelto a decepcionar. No he encontrado a nadie con quien merezca la pena pasar el tiempo. Estoy pensando en volver a mi dormitorio y quedarme allí, pero por otro lado siento un gran rechazo a volver, y no sé por qué, no entiendo nada.

Respondió el hombre que había detrás de la piedra:

-Yo ahora sí entiendo, no quieres volver porque no eres solo pensamiento. Anhelas algo que no conoces, que no sabes lo que es, y eso te desconcierta. Tu razón te ha guiado durante toda tu vida, pero es ahora el corazón quien no te deja volver a ese aislado dormitorio, porque bien sabe tu corazón que esa no es forma de vivir. Has pensado durante mucho tiempo en las cosas que de verdad importan, ¿Pero cuánto te has ocupado de las cosas que de verdad importan? Yo vengo del pueblo ese donde has estado antes y has hecho que me de cuenta de que nunca había pensado nada y eso me ha impedido ocuparme de nada. Gracias por gritarle a las piedras.

martes, 17 de enero de 2012

Apagón...

Hay días en los que simplemente me apetece hacer un "apagón mental"; sí, como cuando apagas todas las lámparas y flexos, bombillas y focos, televisiones y ordenadores de casa. Es entonces cuando la oscuridad y el silencio salen de sus escondrijos sigilosamente, inundando los pasillos y habitaciones.

A veces los pensamientos en nuestra cabeza son como los gritos de un niño pequeño, estridentes y agotadores cuando se lo proponen. Y realmente cuesta hacerlos callar, cuanto más te enfadas y les gritas que se callen más gritan ellos y entonces ya hay dos personas gritando. Cuanto más piensas en tus pensamientos y en cómo "apagarlos" más piensas y más pensamientos hay que acallar. El ruido se combate con silencio. Cuando cada pensamiento se vuelve contra uno mismo... es entonces cuando hay que dejarlos pasar y no hacerles mucho caso. Pero es tan difícil...

Y aquí va una pregunta más filosófica: ¿Se puede realmente dejar de pensar? A mi me parece que hay una forma de conseguirlo (habrá más, seguramente). Es una especie de juego: Cualquiera puede pensar en lo que va a decir dentro de un rato. Podemos pensar en lo que vamos a decir sin decirlo, ese pensamiento está en nuestra cabeza. Por ejemplo: Voy a decir "no quiero estudiar", y piensas en eso que vas a decir. Pues bien, ahora, en lugar de intentar pensar en lo que vais a decir dentro de dos segundos intentad pensar en lo que vais a pensar dentro de dos segundos... ¿difícil verdad? Estas son las paranoias de un pobre estudiante de filosofía.

Aunque esto está completamente desviado de lo que iba a escribir en un principio. Bueno, esto es casi pensamiento en estado puro, hay quien lo llama divagación...

lunes, 2 de enero de 2012

El mal

No hace mucho discutia con un amigo sobre el mal. Fue una discusión a distancia y a través de mails, pero no menos interesante por ello. Te dedico esta entrada Javi, aunque no es nada que haya escrito yo, sino un fragmento de un libro que me estoy leyendo ahora: "Mi testamento filosófico" de Jean Guitton. En este fragmento está teniendo un diálogo con De Gaulle acerca del mal. Os pongo este fragmento y si os gusta leeros el libro, la verdad es que me está gustando y creo que merece la pena. Aunque ponga este fragmento, lo que más me gusta de este capítulo es cómo termina. Podeis encontrar aquí un par de fragmentos más amplios, sin embargo no están los diálogos completos.
Habla De Gaulle:



"—Vine para hacerle una pregunta y nos hemos desviado. Guitton, ¿y el mal?

—Es la prueba más fuerte de la existencia de Dios.

—Paradoja. Sea. Explique.

—Un día, Leibniz se prendó de una viuda guapa, joven, rica. La pidió en matrimonio. La dama le pidió tiempo para refle­xionar. Eso permitió reflexionar también a Leibniz y no se casó con ella. Pero, a veces, la echaba de menos, soltaba una lágri­ma. Tres años después, se la volvió a encontrar, ya casada; charló con el marido, comprendió. Se libró de una buena. Ya no lloró más.

— ¿Moraleja? 
—Espere el final de la historia.

— ¿El mal no existe? ¿Ha leído usted Cándido?

— ¿Qué quiere que le diga? Espere el final de la historia. Todo está en función del más allá.

—El problema, Guitton, es que la gente no quiere creer en Dios a causa del mal; y que no creen en el más allá porque a causa del mal no creen en Dios.

—Es razonar como un tambor.

—Yo no digo que razonen bien. Le digo cómo razonan.

—Por una vez, mi general, es usted el intelectual. Sea prácti­co. Pensamos en el mal cuando estamos mal. Luego el problema del mal se plantea siempre mal. Para ser racional, hay que tornar distancias. Pero cuando uno puede tomarlas, todo va bien y ya no pensamos en el mal. De ahí que, en la práctica, o pensamos mal en el mal, o no pensamos nada en él.

—Buen argumento. ¿Qué hacer?

—No pensar en ello cuando estamos mal y pensar en ello cuando no estamos mal.

—Lógico. ¿Lo que nos permite esperar el final de la historia?

—Exactamente.

—Pero entonces no pensamos, esperamos.

—Nada de eso. Pensamos mientras esperamos. El proble­ma del mal debe plantearse con el del destino. No por sepa­rado.

—Dice usted eso porque es católico, no piensa usted de manera autónoma.

— ¡Mi general, usted también no! Usted sabe bien que soy católico porque soy librepensador.

—Le estaba pinchando. Continúe.

—Entonces, una de dos. O es el más allá o es la nada.

—De acuerdo.

—Y si es la nada para el hombre, de nuevo una de dos sobre Dios. O hay un dios, o no lo hay.

—Le sigo. Y le adelanto. Si es el más allá para el hombre, entonces de nuevo una de dos sobre Dios. O existe o no existe. En resumidas cuentas, cuatro combinaciones posibles. Dios y el más allá, Dios sin el más allá, el más allá sin Dios, ni Dios ni el más allá. Hacen realmente cuatro."