sábado, 10 de septiembre de 2011

Los cantos del trovador (fragmento)

Pero yo, que he pasado entre ilusiones,
Sueños de oro y de luz, mi dulce vida,
No os dejaré dormir en los salones
Donde al placer la soledad convida;
Ni esperar, revolviendo los tizones,
Al yerto amigo o la falaz querida,
Sin que más esperanza os alimente
Que ir contando las horas tristemente.

Los que vivís de alcázares señores,
Venid, yo halagaré vuestra pereza;
Niñas hermosas que morís de amores,
Venid, yo encantaré vuestra belleza;
Viejos que idolatráis vuestros mayores,
Venid, yo os contaré vuestra grandeza;
Venid a oír en dulces armonías
Las sabrosas historias de otros días.

Yo soy el Trovador que vaga errante:
Si son de vuestro parque estos linderos,
No me dejéis pasar, mandad que cante;
Que yo sé de los bravos caballeros
La dama ingrata y la cautiva amante,
La cita oculta y los combates fieros
Con que a cabo llevaron sus empresas
Por hermosas esclavas y princesas.



José Zorrilla

sábado, 3 de septiembre de 2011

Contando estrellas

El Principito (Capítulo XIII)


El cuarto planeta era el del hombre de negocios. Estaba tan ocupado que ni siquiera levantó la cabeza cuando llegó el principito.

- Buen día – le dijo éste. – Su cigarrillo está apagado.
- Tres y dos son cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. Buenos días. Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de volver a encenderlo. Veintiséis y cinco treinta y uno. Uf! Eso da entonces quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.

- Quinientos millones de qué ?

- Eh? Todavía estás ahí ? Quinientos un millones de... ya no sé... Tengo tanto trabajo ! Yo soy un hombre serio, no me entretengo con tonterías ! Dos y cinco siete...

- Quinientos un millones de qué – repitió el principito, que nunca jamás había renunciado a una pregunta una vez que la había formulado.

El hombre levantó la cabeza:

- Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, no fui perturbado más que tres veces. La primera vez fue, hace veintidós años, por un abejorro que había caído de Dios sabe dónde. Producía un ruido espantoso, y cometí cuatro errores en una suma. La segunda vez fue, hace once años, por una crisis de reumatismo. Me falta ejercicio. No tengo tiempo de pasear. Soy una persona seria. La tercera vez... es esta ! Decía entonces quinientos un millones...

- Millones de qué ?

El hombre de negocios comprendió que no había ninguna esperanza de paz:

- Millones de esas pequeñas cosas que se ven a veces en el cielo.

- Moscas ?

- Pero no, de esas pequeñas cosas que brillan.

- Abejas ?

- Pero no. De esas pequeñas cosas doradas que hacen soñar a los holgazanes. Pero yo soy una persona seria ! No tengo tiempo para ensoñaciones.

- Ah! estrellas ?

- Sí, eso. Estrellas.

- Y qué haces con quinientos millones de estrellas ?

- Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio, soy preciso.

- Y qué haces con esas estrellas ?

- Qué hago con ellas ?

- Sí.

- Nada. Las poseo.

- Posees las estrellas ?

- Sí.

- Pero yo ya he visto un rey que...

- Los reyes no poseen, "reinan" sobre. Es muy diferente.

- Y para qué te sirve poseer las estrellas ?

- Me sirve para ser rico.

- Y para qué te sirve ser rico ?

- Para comprar más estrellas, si alguien encuentra.

Éste, se dijo el principito, razona un poco como mi borracho.

Sin embargo, siguió preguntando:

- Cómo se puede poseer las estrellas ?

- De quién son ? - replicó, gruñón, el hombre de negocios.

- Qué sé yo. De nadie.

- Entonces son mías, porque se me ocurrió primero.

- Es suficiente ?

- Desde luego. Cuando encuentras un diamante que no es de nadie, es tuyo. Cuando encuentras una isla que no es de nadie, es tuya. Cuando eres el primero en tener una idea, la haces patentar: es tuya. Y yo poseo las estrellas, puesto que nunca nadie antes que yo pensó en poseerlas.

- Eso es verdad – dijo el principito. – Y qué haces con ellas ?

- Las administro. Las cuento y las recuento – dijo el hombre. – Es difícil. Pero yo soy una persona seria !

El principito no estaba aún satisfecho.

- Yo, si poseo un pañuelo, puedo ponérmelo alrededor del cuello y llevarlo. Yo, si poseo una flor, puedo recogerla y llevarla. Pero tú no puedes recoger las estrellas !

- No, pero puedo invertirlas en el banco.

- Qué significa eso ?

- Significa que anoto en un papelito la cantidad que tengo de estrellas. Y luego guardo ese papel en un cajón con llave.

- Y eso es todo ?

- Con eso basta !

Es divertido, pensó el principito. Es bastante poético. Pero no es muy serio.

El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes a las de los adultos.

- Yo – agregó – poseo una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino todas las semanas. Porque deshollino también el que está apagado. Nunca se sabe. Es útil para mis volcanes, y es útil para mi flor, que yo los posea. Pero tú no eres útil para las estrellas.

El hombre de negocios abrió la boca pero no encontró nada para responder, y el principito se fue.

Los adultos son decididamente muy extraordinarios, se decía simplemente a sí mismo durante el viaje.



miércoles, 31 de agosto de 2011

Adiós Madrid... Hola Pamplona

Si alguna regla no tiene excepción para confirmarse, esa es la regla del tiempo: el tiempo pasa y ya está, sin complejos, a su royo. El verano se ha terminado para mí, o más bien, las vacaciones de verano.

Cuando el verano empieza piensas en lo largo que va a ser y en las cosas que vas a hacer y en las que no. Eres consciente de que algún día llegará este día en el que todo habrá pasado y en el que pienses “ya se terminó, y ni me he enterado”, pero aún así, cada año llega este día y siempre te sorprende como si fuera la primera vez. Y por eso hoy vuelvo a pensar: “ya se ha pasado el verano, qué rápido, como si no hubieran pasado estos tres meses…”

Dos años de universidad a mis espaldas y otros dos que, en principio, me quedan por vivir. Uno nunca puede saber todo lo que ha aprendido en dos años de universidad; se pueden coger todos los apuntes desde el primer día hasta el último y pesarlos: “en lo que llevo de universidad he aprendido 5 Kg”. El conocimiento no se mide en apuntes, ni la experiencia en Kg. Cuánta diferencia hay entre aquel chico que entró en su primera clase de universidad con su camiseta negra de Blind Guardian, y el que entrará mañana en clase de latín. Aula 35 del edificio central de la universidad, un 1 de Septiembre por la mañana, parecen dos días muy parecidos, pero cuánta diferencia…

Bueno, el caso es que, a pesar de todos los cambios, hay cosas que no cambian, y un año más tengo que decir “Buenas noches Madrid”, pero sobre todo “Buenos días Pamplona”.

sábado, 27 de agosto de 2011

¿Duda?


No temo tanto la pólvora como a la duda. Es la duda el arma más letal de mis enemigos, y de todo aquél que quiera hacerme daño, el peor de los daños. Y no hay nadie capaz de sembrar la duda en mi interior como yo mismo. Muchos lo han intentado, pero como yo no lo ha conseguido ninguno.

Todos deberíamos luchar por algo, pues eso por lo que luchamos es el sentido que toma nuestra vida. Sin nada por lo que luchar, nada por lo que vivir, y no tener nada por lo que vivir significa vivir una vida sin sentido. Y cuando uno quiere luchar por algo y empieza un camino hacia una meta concreta, pronto se dará cuenta de que no llegará hasta el final sin pasar por dificultades. Dependiendo de cada persona y de sus circunstancias, surgirán unos obstáculos u otros, pero hay uno que aparece casi siempre: la duda. El mayor de los obstáculos para quien lucha por algo. Dudar de que se vaya a conseguir, dudar de que merezca la pena, dudar de si tus creencias son ciertas, dudar de si tienes o no apoyo de otras personas, de si te van a traicionar o no… La duda.

Sin embargo, yo no podría decir que lo que hay que hacer es acabar con la duda en absoluto y ya está, problema resuelto. Al margen de lo difícil que sería eso, la duda es necesaria, o a mí al menos me lo parece. Uno no puede creerse todo lo que le dicen, no es que haya que estar dudando continuamente, pero la capacidad de dudar no puede ser mala de por sí.

Creo que la capacidad de dudar está realmente ligada con la libertad. Dudamos porque somos libres, y en el momento en el que recibimos la libertad recibimos también la capacidad de dudar. Y al igual que la libertad, la duda se puede usar bien o mal. No creo que la duda en exceso sea positiva. Descartes, tras dudar de todo, se dio cuenta de que no podía dudar de que estaba dudando, eso era innegable. Pero llegar a ese punto, en el que lo único de lo que no puedes dudar es de que estás dudando, es horrible, es para la locura. Nada del mundo es creíble, nada de la realidad es seguro. Yo por lo menos no podría vivir esa situación; si sólo cuando dudo de un par de creencias ya lo paso mal…

La duda me parece la más afilada de las espadas; capaz de hacer tambalear a cualquiera. Y yo por lo menos, como creyente, tengo la esperanza de que la puedo cagar de mil formas distintas, y hasta con creatividad y gracia, y a pesar de ello estará Dios detrás, velando. No sé qué sería de mí si no tuviera esa fe, esa creencia; quizás, al no creer en nada, no tendría nada de lo que dudar y sería más feliz. Pero eso significaría que no tendría nada por lo que luchar, y eso sí que acabaría conmigo, eso es mucho peor que el mal trago de la duda. Me encanta tener algo por lo que luchar, y por tanto algo de lo que dudar. No puedo quejarme de que surjan en mí algunas dudas porque eso significa que hay algo de lo que dudar, significa que tengo alguna meta. Poder dudar de la misma verdad, esa es mi esperanza.

jueves, 25 de agosto de 2011

Bailando bajo la lluvia

“Permaneced en mí, y yo en vosotros” (Jn 15, 4) Y así fue. Esas palabras resonaban en Cuatro Vientos cuando la tormenta descargó.

Habrá páginas y páginas escritas sobre aquella vigilia en Madrid, pero lo que los presentes sentimos lo llevamos cada uno dentro, y no hay forma alguna de robarnos la experiencia. ¿Qué experiencia? Pues eso depende de cada uno, porque aunque ha sido una experiencia común de toda una semana, cada uno se quedará con algo distinto, cada uno se quedará con su propia experiencia. Muchos con lo horriblemente mal que se han portado los italianos, otras con lo guapos que eran algunos de esos mismos italianos, pero habrá también quien se quede con una experiencia mucho más profunda que eso.

Sin embargo, mucho me temo que yo no soy de esos. La mía no ha sido una experiencia profunda, sino épica. Me parece impresionante que casi 2 millones de personas reunidas guarden silencio durante 15 minutos para rezar, para adorar; y que realmente no se oiga otra cosa que el viento. Ante esa imagen se me vienen a la cabeza aquellos versos de Simón & Garfunkel:

And in the naked light I saw
Ten thousand people, maybe more.
People talking without speaking,
People hearing without listening,
People writing songs that voices never share
And no one dare Disturb the sound of silence.

Es impresionante, pero no fue eso lo que más me movió el corazón. No fue esa mi oración más profunda. Lo que a mí realmente me encantó de esa noche fue la tormenta, y cómo reaccionamos. Me pareció tremendamente épico. Ya de por sí el vendaval y la lluvia eran impresionantes. Ver una carpa de adoración medio volando por los aires tampoco estuvo mal. Era una señora tormenta y lo mejor fue la reacción de la gente, que no fueron quejas, sino risas y gritos de alegría.

Imaginaos al típico pirata loco de novela, que en medio de la tormenta canturrea alegre, de pie sobre una verga y sujeto al mástil con una sola mano. El barco se va a pique pero él en su locura no teme la tormenta sino que la sonríe, pues no puede haber mayor suerte para él que morir a manos del viento, la lluvia y la mar. Pues bien, sustituid ahora el barco por la explanada de Cuatro Vientos, y al pirata por un millón y medio de católicos (por lo menos tan locos como él). Y es que no puede haber mayor gracia para nosotros que morir sonriendo por Aquél en quien creemos. Es cierto que no nos estábamos jugando la vida, pero sí podría surgir el miedo de que la JMJ de Madrid muriera, es decir, que tuviera que anularse por el mal tiempo. Sin embargo, ni el Papa quiso irse de allí ni nosotros tampoco. Permanecimos en Cristo, y la lluvia cesó, y de esa forma se confirmó lo que Benedicto XVI nos había dicho momentos antes: “Dios con la lluvia nos manda muchas bendiciones”. Seguro que no soy consciente de todas las bendiciones que se derramaron con aquella lluvia, pero sí soy consciente al menos de una: pude comprobar que la Iglesia de Cristo no se tambalea por una simple tormenta. Pero es que en realidad la misma lluvia fue la bendición, porque gracias a ella vivimos más unidos aquel encuentro. Por algún motivo, la lluvia nos hizo estar más alegres a muchos. Sin ella a lo mejor muchos no tendríamos ahora nada que contar, y es quizás por ello por lo que Dios nos envió la tormenta, para despertarnos y que aquel acontecimiento no pasase indiferente.