lunes, 4 de abril de 2011

El rey de las máscaras

Aquí os dejo esta reflexión, es una pena que el autor sea anónimo, pero él mismo firma como el rey de las máscaras:

"En este mundo de disfraces, en el que nadie se muestra tal y como es; entre esta gente, que se ha acostumbrado a la comodidad de no ser nadie; en esta sociedad, en la que nos gusta tanto mirarnos al espejo… en este mundo, bueno o malo, yo soy el rey de las máscaras.

Nunca me ha gustado ninguna expresión que tenga la forma: “llegar a ser lo que se es”, porque es contradictoria. Sin embargo yo ahora diría que cada ser humano tiene que llegar a ser él mismo. Pero llegar a ser nosotros mismos significa, en realidad, que debemos construirnos o dejarnos construir… se tiene que forjar algo en nosotros; y para que seamos siempre personas completas se tiene que ir forjando en nosotros una personalidad: una personalidad propia.

Temo que este mundo de disfraces nos esté obstaculizando el llegar a ser nosotros mismos. ¿Cómo es ésto posible? Es sencillo, cuando una persona se empieza a preocupar por el “cómo me ven los demás” empieza a plantear su vida no desde su interior sino desde su exterior, es decir, que no le importa tanto qué o quién es, o en qué se convierte; sino que importa mucho más lo que aparenta, lo que los demás ven, lo que los demás piensan al verle. Es ésto a lo que me refiero cuando digo que nos ponemos disfraces; nos disfrazamos de algo (porque no siempre nos disfrazamos de alguien) y mostramos ese disfraz, salimos a la calle con ese disfraz. Luego nos acomodamos y nos lo dejamos siempre puesto, no merece la pena quitárselo, no vaya a ser que nos descubran, que nos pillen por sorpresa y entonces nos vean tal y como somos y entonces dejemos de gustarles… eso sería el apocalipsis: no nos reconocerían socialmente.

Vale, tenemos el disfraz puesto continuamente, pero eso no significa nada… Significa bastante, pero no es todo. La cima de todo esto la alcanzamos cuando nos convertimos en personas adictas al espejo: el espejo es la forma más superficial de mirarnos a nosotros mismos. Y ahora pura lógica, un problema matemático para un niño de primaria: si alguien lleva puesto un disfraz (de lo que sea… de pirata supongamos) y se mira al espejo ¿Qué ve? ¿Una persona normal o un pirata? Aunque no sea un gran matemático, ni tampoco un gran solucionador de problemas, creo saber la solución a este. Si te miras a un espejo lo que vas a ver es lo que ven los demás: la misma mentira superficial de la que te has vestido. Si al menos tuviéramos la valentía de mirarnos a los ojos al espejo… pero eso no es mirarnos al espejo, eso no es mirar con los ojos, eso sería mirar con el alma, y eso ya no nos gusta tanto.

Al final nos acabamos creyendo, de tanto mirarnos al espejo, que somos ese mentiroso disfraz. Al final acabamos por no conocernos a nosotros mismos. ¿Quieres conocerte a ti mismo? No tienes ni que quitarte el disfraz, lo único que hay que hacer es cerrar los ojos e interiorizar, preguntarte a ti mismo y responderte a ti mismo… quizás algún día llegues a ser auténtico.

Y cuidado, lo digo yo, el que es incapaz de dar la cara y mostrase a sí mismo, el que escribe pero se esconde tras el anonimato, el que menos se conoce a sí mismo. Lo digo yo, que soy el rey de las máscaras."

En mi opinión es un pelín pesimista, pero bueno, espero que os haya gustado.

martes, 29 de marzo de 2011

Buscando respuestas

Los libros de fantasía y ciencia ficción normalmente tienen un mensaje de fondo o moraleja. Estos libros nunca quedan vacíos de contenido. Incluso cuando están hablando de razas mágicas, extraterrestres o robots, los escritores de esos géneros siempre intentan dejar mensajes puramente humanos: respuestas o advertencias a problemas humanos. Sin embargo, algunos de los más grandes escritores de fantasía y ciencia ficción, han afirmado que no son ellos los que introducen la moraleja en sus historias, sino que son las mismas historias, que al cobrar vida, desarrollan sus propias conclusiones, y son ellas las que otorgan una moraleja a su escritor… Es el escritor el que aprende de su propia historia.

Pues bien, en cierto sentido cada uno de nosotros somos los escritores de nuestra propia historia. Aunque muchas veces no somos nosotros los que dirigimos nuestra vida, sino que cogemos y aprendemos de lo que nos viene dado. No creo que nuestra vida sea como un barco con el que nosotros navegamos hacia el horizonte que más nos gusta, por encima incluso de cualquier ola; sino que más bien la veo como una tabla de surf, frágil comparada con la fuerza del mar, pero lo suficientemente preparada como para coger las olas que se nos echan encima.

¿Y por qué digo todo esto? Porque yo también pienso que los problemas de la filosofía son los mismos que los problemas de la gente normal y corriente. No digo que no se encargue de temas como el Bien, lo trascendental o las esencias de las cosas, pero sí que todo ello no debe perder su sentido, es decir, que son problemas que se estudian a raíz de problemas normales del día a día.

Uno que estudia economía lo puede hacer porque quiere aprender y dominar el funcionamiento de la bolsa, o uno que estudia ingeniería de telecomunicaciones lo puede hacer porque quiere ser el mejor programador que haya habido nunca, pero acaso nosotros no estudiamos filosofía simplemente porque nos encanta. Al menos yo hablo desde mi propia experiencia, desde mi propia historia. Muchas veces nos preguntan: ¿por qué estudias filosofía? Y la respuesta muchas veces puede ser algo así como: “no tengo ni idea, pero no estudiaría ninguna otra cosa”, o al menos mi respuesta suele ser esa. No termino de entender por qué preferí la filosofía a otras muchas carreras, y tampoco termino de entender por qué no la he dejado ya, lo único que sé es que no estudiaría ninguna otra cosa. No creo que ninguno tuviésemos en mente alcanzar la verdad absoluta al terminar la carrera, puede que alguno sí, pero no es mi caso. Es posible que yo no tenga vocación de filósofo, pero no cambiaría la filosofía por ninguna otra carrera… (Quizás eso sea tener vocación de filósofo). Me pueden decir que estoy perdiendo el tiempo, pero yo no creo que sea así ¿Por qué? No puedo explicarlo, sencillamente lo sé.

No hace muchos días comentábamos algunos estudiantes de filosofía que detrás de todos nosotros parece haber alguna historia especialmente peculiar; como me decía uno de ellos: “algo de rarito sí que tenemos”. Para empezar, el que haya tan pocos estudiantes de filosofía ya dice algo. A la filosofía se pasa gente de todas las carreras posibles, desde historia, pasando por biología, hasta arquitectura. Digamos que si todas las carreras se pueden situar en una línea, cuyos extremos son lo puramente científico y lo puramente humanista, la filosofía no parece tener un puesto claro en dicha línea. ¿La filosofía es una ciencia… es lógica? ¿O por el contrario sus problemas deben ser los referentes a nuestra humanidad? Los problemas de la filosofía son los problemas de cualquier persona, así sea ingeniero industrial, barrendero o esté en el paro. Y es por eso por lo que creo que no hace falta ser licenciado en filosofía para ser filósofo. Personalmente no me considero más filósofo ahora que en segundo de bachillerato, ni tampoco seré más filósofo el día después de graduarme que el día anterior. De alguna forma la filosofía va estrechamente vinculada a la vida de cada uno, y por eso afirmo con los pragmatistas que la filosofía no es un ejercicio académico.

Para ser ingeniero necesitas un título, un documento que asegure que tienes los conocimientos necesarios y que por tanto se te puede considerar ingeniero, pero no debería ser exactamente igual con la filosofía. Efectivamente se puede dar el caso de una persona sepa muchísimo sobre lo que han dicho todos los filósofos de la historia, que los comprenda a todos incluso, pero de qué te sirve eso… En mi opinión eso no es ser filósofo, ser filósofo no es un título ni una acumulación de conocimientos, ser filósofo es una actitud, concretamente una actitud de búsqueda, y por eso cualquiera puede ser filósofo sin necesidad de pasar por una universidad. La universidad, tal y como yo la veo, es una ayuda, un apoyo; es una parte del camino en la que se va a fortalecer una faceta de mi vida: la filosofía. La universidad me va ayudar a hacerme buenas preguntas y a darme también múltiples respuestas. Pero la filosofía es algo que va mucho más allá de la universidad. El día que salga del mundo universitario no habrá pasado nada; sin embargo, moriré como filósofo el día que deje de buscar respuestas.

Yo creo que escogemos filosofía sin saber muy bien por qué, sin saber muy bien lo que estamos haciendo, pero también creo que nosotros, como el escritor que aprende de su propia historia, sin darnos cuenta estamos aprendiendo mil y una cosas que nos servirán, no para conseguir un buen trabajo, sino quizás para otras cosas, sin duda mucho más importantes que el trabajo.

¡Piensen!

“Posiblemente solo entienda este libro quien ya haya pensado alguna vez por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos”. Efectivamente, muchas veces hace falta que, para hablar en profundidad de un tema, los que discuten hayan pensado ya sobre el tema en cuestión. Uno puede hablar del tiempo improvisadamente porque no hace falta ningún tipo de especulación metafísica para decir “sí, es verdad, hoy hace un tiempo de lujo, podríamos dar la clase en el campus”; quizás esa persona no se había parado a pensar en eso al despertar por la mañana, reflexionando sobre las posibilidades que se abren ante un día tan soleado, pero una conclusión de ese tipo puede elaborarse rápidamente en cuestión de segundos.

Sí, posiblemente el tiempo, el partido de ayer o si he dormido mejor o peor esta noche son temas de los que puede hablarse pensando sobre la marcha. Pero hay otra serie de temas que, en mi opinión, merecen un poco más de tiempo, y muchas veces esos temas son los realmente importantes en la vida. O mejor: No es que los temas realmente importantes sean los que más tiempo necesitemos pensar, sino que los temas que cada uno consideramos importantes son los temas a los que más tiempo dedicamos; son los temas que pensamos porque consideramos importantes.

Efectivamente, no sería raro que para una persona para la que el futbol es lo más importante de su vida, dedicase gran parte de su tiempo, no solo a ver partidos de futbol, sino también a pensar sobre ellos; por ejemplo, a pensar si la decisión de tal entrenador fue la decisión correcta o fue la peor que podía haber tomado; o simplemente recordando las mejores jugadas del partido. Nuestra mente se nos va inconscientemente a los temas que nos interesan, y matamos el tiempo pensando en ellas.

Como escribe Gilson en “el ser y los filósofos” : “El principio de los principios es que un filósofo debería poner siempre como lo primero en su mente, lo que es primero en la realidad. Lo que es primero en la realidad no tiene porqué ser lo que es más fácilmente accesible para el entendimiento humano; es aquello cuya presencia o ausencia entraña la presencia o ausencia de todo lo demás en la realidad”. Personalmente, pienso que tiene una razón inmensa, pero me temo que yo no voy a referirme a lo mismo que Gilson.

Tenemos que poner en nuestra mente lo que es primero en la realidad, eso dice Gilson, y repito que me parece que tiene razón. Pero por otro lado, él se refería al ser y yo me pregunto si realmente el ser es lo primero en la realidad. No pretendo entrar en ningún tipo de relativismo, ni pretendo negar que el ser sea el fundamento metafísico de toda la realidad, objetivamente hablando; pero qué lejos queda eso de toda mi vida, qué lejos queda eso de toda mi realidad.

No voy a hacer ninguna encuesta sobre qué es lo primero en la realidad, aunque sería interesante, pero me arriesgaré al afirmar que, si pregunto por lo primero en la realidad, muy poca gente daría una respuesta tal como “lo primero es el ser”. Y ahora pregunto al lector: ¿lo más importante en tu realidad es el ser…? ¿O es tu familia? ¿O son tus amigos? ¿O es tu trabajo? No voy a entrar en si es más importante la familia o el trabajo, pero sí quiero hacer notar que aquello en lo que piensa cualquiera, es aquello que tiene más importancia para él, lo que es más vivencial, lo que es más real. Quizás el ser sea lo primero en la realidad, pero prefiero pensar en cómo ayudar a un amigo o amiga a solucionar un problema antes que pensar en el ser. Si descubrir los misterios del ser me va a ayudar a solucionar el problema, o me va a permitir disfrutar de algún tipo de belleza especial, entonces, adelante. El problema está cuando el ser se convierte simplemente en una letra seguida de otras dos, es decir, el problema está cuando lo que persigues es sólo una palabra o una definición sin relevancia alguna en tu vida.

Lo que quiero decir con todo esto es que cada uno de nosotros debemos pensar sobre lo que nos importa y nos afecta. Pero no sólo digo que, en esos infrecuentes momentos en los que me pongo a pensar, debo pensar sobre lo que me afecta, sino que esos infrecuentes momentos deberían ser más frecuentes. Escuchar música mientras vas andando por la calle no está mal, pero pensar en tus cosas mientras vas andando por la calle está mejor.

Es importante que pensemos y reflexionemos sobre nuestra realidad, de esta forma nos conoceremos mejor a nosotros mismos, y de esa forma nos daremos a conocer mejor a los demás; los demás nos conocerán a nosotros, y no a una especie de momia que se ha dejado arrastrar por todo el mundo. Así también nos sentiremos conectados con una persona que haya reflexionado sobre los mismos temas que nosotros. Porque, como diría Wittgenstein: esa persona nos entiende.

Y termino simplemente con una frase del papa Juan XXIII: “Jóvenes del mundo, piensen... en lo que sea... pero piensen”.

viernes, 25 de marzo de 2011

Cuaresma

Estamos en tiempo de cuaresma (ya bien entrada, por cierto), recordando esos cuarenta días que estuvo Jesús en el desierto. Se dice que en este tiempo "tenemos" que hacer ayuno, oración y dar limosna... Son cosas que atacan directamente a nustra comodidad, buena vida, orgullo, rutina... un millar de cosas, por eso nos cuesta tanto, o mejor, por eso nos CUESTA tanto, y lo pongo con mayúsculas porque es una gran verdad y porque realmente cuesta mucho.

Pero lo que yo me pregunto ahora, igual que todo el mundo lo hace (y si no debería hacerlo), es por el sentido de hacer esas tres cosas... porque algún sentido tendrá ¿no? Porque  personalmente, "por tradición" es un motivo que de poco me sirve, un buen bocata de chorizo ya me habría comido. Creo que es bueno saber por qué se hace, pero sin darle demasiadas vueltas, que nos llevaría a estar pensando contínuamente en eso y a estar sufriendo durante los cuarenta día, o bien creernos los mejores (creernos el asceta o místico del siglo XXI).

Si algo aprende uno con el ayuno es que es débil, es impresionante lo apegados que estamos algunos a nuestras tres comidas diarias, más meriendas u otros "entre-horas". Es duro renunciar a algunas comodidades, pero creo que es, sobre todo, duro psicologicamente hablando. Personalmente, cuando más me cuesta el ayuno es por la mañana cuando me despierto y pienso "puffff, hoy ayuno... que royo..." Pero luego durante el día no se hace tan duro, estás a tus cosas y la mayor parte del día ni piensas en eso (escepto, quizás, cuando te interrumpe un rugido desde lo más profundo de tu estómago, que pide gasolina). Pero... a ver... Pongamos las cosas en su sitio: ¡Si nadie me obliga a hacer ayuno! Lo hago porque quiero, entonces ¿por qué quejarme? si no quieres no lo hagas, pero si quieres, entonces es que quieres por algo, simplemente hay que recordar ese algo y no olvidarlo. Todos los que lo hacemos tenemos un motivo para hacerlo, es importante no perderlo de vista para no acabar pensando que es una simple obligación.

Al preguntar e informarme de cuál puede ser el sentido de estas cosas la respuesta que recibí fue: "por identificación con Cristo". Finalmente es eso, es un gesto de amor, que aunque pueda atacar a nuestro orgullo y por eso mismo doler un poco... por otro lado se hace con el mayor de los gustos... porque es un pequeño gesto hacia alguien que quieres.

jueves, 24 de febrero de 2011

Perfecta imperfección


(ensayo para mi asignatura filosofía del lenguaje)


Estaba yo obsesionado, buscando la precisión. Soy un hombre de ciencia, de conocimiento, y pienso que tendré más conocimiento cuanta más exactitud tenga con respecto a las cosas del mundo. Cuanto más exactamente pueda conocer y referirme a la realidad, más conocimiento tendré; y para alcanzar la exactitud necesito primero de la precisión. Por ello me dediqué a buscar en el mundo por donde pudiese encontrar exactitud y precisión, huyendo siempre de toda vaguedad.

Desde el principio vi claramente que el amor, la pasión, el deseo y cosas por el estilo se alejan descaradamente de la precisión que busco: ni siquiera puedo saber si, cuando amo algo o alguien, estoy, en realidad, amándome a mí mismo en lugar de a ella. O si cuando odio no estoy en realidad odiándome a mí mismo; y eso sin mencionar lo complicado que es saber cuándo estamos realmente amando u odiando; son cosas fácilmente confundibles.

En cambio, me parecía claro que la precisión y exactitud eran más propias de los conceptos matemáticos; en ningún otro saber encuentro mayor perfección. Los historiadores están tan obsesionados en hacer parecer que la historia sea como ellos quieren que sea que simplemente se dedican a distorsionarla. Lejos se quedan de la exactitud. Pensé también en el lenguaje: las palabras denotan objetos ¿No? ¿Encontraría ahí la precisión? En realidad no me hizo falta mucha reflexión para darme cuenta de lo vago que puede resultar el lenguaje, lejos de ser algo unívoco lo encontré algo verdaderamente confuso, y cuanto más profundizaba en el tema más sombras encontraba. El hecho de que un solo objeto pueda ser nombrado con palabras distintas, o lo que considero peor: que una sola palabra pueda nombrar cosas completamente diferentes, hasta el punto de que se puede denominar de la misma forma a un color cualquiera y a una persona. No, la vaguedad del lenguaje es innegable, y eso lo hace imperfecto.

Poco a poco me fui acercando a la ciencia. Fijé mi atención en uno de los conceptos más sencillos de la física, me refiero al concepto de “metro” ¡tan preciso y perfecto! Todos saben lo que es un metro, y si no, cogemos una regla y vemos qué distancia constituye un metro. Me pareció algo unívoco al principio, pero llegó la decepción al pensar un tiempo sobre ello (Como el mismo Russell indica en su artículo “Vaguedad”): una regla nos parece precisa porque nuestros sentidos, por sí solos, no son capaces de precisar más, pero en realidad, en lo material, no existen dos metros iguales. Si observamos con un microscopio veremos que la distancia que hay entre los extremos de una regla no es la misma que la de otra regla cualquiera. Y sin embargo decimos que son todas “reglas de un metro”. ¿Cuál de ellas es de un metro y cual está equivocada?

Me di cuenta entonces de que en lo material no encontraría la precisión que buscaba, en la medición material de la realidad no cabe exactitud alguna, tan solo existe en mi pensamiento. Un metro es un concepto preciso solo en cuanto a concepto, pero al “aplicarlo” sobre lo material pierde todo su carácter de precisión. Lo mismo sucede con el concepto de “punto”: no existen puntos en la realidad, pues cualquier cosa que cojas estará formada por puntos, y cualquier punto que cojas de ese objeto dejará de ser punto en el momento en el que lo midas; nuestra mente siempre puede seguir dividiendo en puntos o en partes indefinidamente, pero esto es porque es una propiedad de nuestro pensamiento: somos capaces de dividir: aunque no sea capaz de romper una piedrecita en dos, mi mente si es capaz de comprender que esa piedra se puede separar en dos, y a su vez, cualquiera de esos trocitos se puede volver a dividir… así hasta el infinito.

Pero volviendo al tema que me ocupa: parece que ya he encontrado dónde está la precisión, al menos en lo que se refiere a mi relación con la realidad: está en mi mente, en algunos de mis conceptos, como el de punto o recta. Pero al verme ya allí, en la meta de mi búsqueda, me encontré sin sentido, hueco. Después de haber rechazado tantos saberes distintos por ser imperfectos, imprecisos; ¿Ahora de qué me serviría tanta precisión? Me he dado cuenta de que el lenguaje no es perfectamente preciso, pero la mayoría de las personas siguen contentas con él. Me he dado cuenta de que la mayoría no prefiere tanto un lenguaje perfecto, preciso, unívoco, como un lenguaje que permita engañar, un lenguaje en el que quepa confusión, uno que cause mal entendidos; también un lenguaje que permita la poesía, un lenguaje, en definitiva, con el que se pueda jugar. Y es que la perfección del lenguaje no está en él mismo, sino que está en nosotros; toda la perfección que pueda alcanzar un lenguaje reside sencilla y únicamente en nosotros, aquellos que lo usamos y que decidimos el modo de usarlo.